Percepción social de un poeta y cineasta

Percepción social de un poeta y cineasta

Víctor Gaviria: de ‘Rodrigo D.’ y ‘La vendedora de rosas’ a ‘Sumas y restas’.

29 de mayo 2020 , 06:34 p.m.

En 1979 aborda el reportaje experimental en Súper 8 titulado ‘Buscando tréboles’: un poema visual sobre niños invidentes de su ciudad natal, Medellín. Capta sus cotidianidades en imágenes ágiles y espontáneas, con dosis de calor humano; juegan, hacen deporte y cantan como criaturas indefensas, practican sus ejercicios táctiles de lectura y sienten la frescura del baño matinal.

Realiza tres importantes mediometrajes, en 16 mm para TV, durante el período Focine (1984-85). Primero, ‘Los habitantes de la noche’. Rescate de un amigo del centro siquiátrico con claves establecidas a través de un programa radial nocturno, en tres niveles narrativos: mantener despiertos a sus oyentes, muchacho trasnochado en el hospital y pandilla de rescate. Segundo, ‘La vieja guardia’. Pensionados antioqueños de los Ferrocarriles Nacionales evocan épocas gratas, desde las ruinas de la estación Cisneros, y hablan sobre lo que más conocen: los trenes. Tercero, ‘Los músicos’. Un ciego con el acordeón al hombro y su lazarillo bordean el río Cauca y rememoran un episodio crucial en plena época de violencia política campesina.

Su salto al largometraje: ‘Rodrigo D. No futuro’ (1990). Testimonio ciertamente impactante de nuestra dramática realidad y seguimiento a un joven marginado de las comunas medellinenses que lucha por sobrevivir en medio de una zozobra abrumadora. Basado en hechos reales, según el reportaje periodístico publicado por Ángela María Pérez en ‘El Mundo’, con el coguionista Luis Fernando Calderón, a partir del doloroso suicidio protagonizado por un joven de 18 años (Rodrigo Alonso).

Varios meses de investigación en busca de notas testimoniales que arrojasen un conveniente resultado cinematográfico; tres años de trabajos de campo al lado de un diestro equipo, con demoras e imprevistos en su posproducción por recortes presupuestales de la para entonces próxima a extinguirse Focine. Pusieron el dedo sobre las llagas de varias problemáticas sociales: violencia incontenible de sus comunas, abismo sobrellevado por muchachos que difícilmente lograban traspasar la barrera de los 20 años y falta total de oportunidades en contextos marginales. Rodrigo, asumido por Ramiro Meneses, emergía del pequeño universo integrado por vagos, locos, rebeldes y músicos punk, atracadores y sicarios. Érase Medellín hacia 1988, desde los cerros amenazantes e inciertos del ‘no futuro’. Los protagonistas eran de verdad, interpretaban sus propios papeles y algunos de ellos murieron trágicamente, o fueron privados de la libertad. Con dirección fotográfica de Rodrigo Lalinde y edición de Luis Alberto Restrepo, en sus tomas brillaba una iluminación nocturna de discreta factura y sorprendía su continuidad narrativa. Nominada en Cannes a la Palma de Oro, al igual que su siguiente ficción realista.

‘La vendedora de rosas’ (1995). Versión libre de un cuento navideño de Hans Christian Andersen. Personaje juvenil del bajo mundo, cuya vida real terminó siendo una pesadilla; rastrea, con vena lírica, el universo vulnerable y agresivo de las calles medellinenses de noche en donde sus víctimas más notorias fueron… las niñas. Describe diestramente el cuadro desolador de un mundo maltrecho, con víctimas juveniles e infantiles degradadas frente al peso de las circunstancias. Porque la muerte acechaba en cada esquina, en cada barranco: prostitutas precoces sometidas a vejámenes, adictos al ‘pegante’ y el bazuco, zánganos que vivían de las lavanderas y golpeaban a sus inocentes hijastros, y madres desalmadas ensañadas contra criaturas indefensas. Espacios abiertos desprovistos de maquillaje; con el acierto adicional de describir el entorno social, pero sin entrar en consideraciones políticas ni moralistas.

Legendario el protagonismo de Leidy Tabares, acompañada de actores naturales que contribuyeron a darle una visión documentada al complejo y azaroso transcurrir soportado por tales personajes —auténticos e inspirados por ellos mismos—.

‘Sumas y restas’ (Colombia-España, 2004). Descarnado relato del Medellín de los años 80, poblado por adultos y profesionales convertidos en lavadores del narcotráfico. De cómo un ingeniero constructor e inversionista en bienes raíces cae atrapado por presiones de capitalización o afán de lucro, tentado por actividades ilegales del narcotráfico y víctima de una extorsión al no cubrir una arriesgada deuda con sus nuevos socios del crimen organizado. Su familia de clase media alta sufre las consecuencias del negociado, una empresa delictiva se transforma en pesadilla y malas amistades dejan secuelas irreversibles sobre sus respectivas existencias.

Sumas: ritmo desenfrenado y persistente para capturar ese proceso demencial atravesado por el protagonista, pericia para abordar el fenómeno del enriquecimiento ilícito, descripciones oportunas y sintéticas de transformar insumos básicos en mercancía depurada y anécdotas, que transfieren una aventura de la ilegalidad a trampa mortal para quienes cedieron ante semejante tentación. Restas: uso desmedido de palabras entre ofensivas y groseras, algunos papeles secundarios que lucen artificiosos, carencia absoluta de notas al margen sobre la gravedad del contexto histórico colombiano y desplazamiento innecesario del centro de atención hacia ciudadanos mayores. Porque… “me gusta trabajar con anécdotas de la realidad, en este caso con el relato oral acerca de la fabulación del narcotráfico”.

‘Poner a actuar pájaros’ (Erwin Göggel, Colombia 2017). Reportaje con amplio material de archivos individuales que cubre los últimos veinticinco años para darles pantalla a las niñas que hicieron parte de la tenaz filmación de ‘La vendedora de rosas’ —producida por Göggel y filmada hacia 1993 por Gaviria—. “La historia de cómo se hizo esta película”, en memoria de Mónica Rodríguez —asistente de dirección e inspiradora tristemente desaparecida del personaje principal—.

Testimonios honestos y valederos de quienes rondaron por comunas, laderas y establecimientos nocturnos; tras el duro manejo ante las cámaras de jovencitas violentadas en sus hogares, personitas adictas al pegante alucinógeno y elementos azotados por la delincuencia, el microtráfico o el sicariato. Destacables los comentarios protagónicos de Leidy Tabares, quien recuerda cómo la exitosa cinta le ayudó a madurar, explica las huellas dejadas por el modelo original y comenta sobre sus compañeras de rodaje —por respeto no menciona los destinos fatales de la mayoría de ellas—. Un ‘detrás de cámaras’, con sus respectivos métodos de representación, que constituye una lección auténtica de cine y nos permite apreciar cabalmente la sensibilidad de un poeta social.

Mauricio Laurens (Cine al Ojo)
maulaurens@yahoo.es

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