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Miradas y naturalezas vivas de Paula Gaitán

Miradas y naturalezas vivas de Paula Gaitán

La Cinemateca de Bogotá realizó la retrospectiva de esta moderna cineasta colombo-brasileña.

19 de agosto 2021 , 08:00 p. m.

La Cinemateca de Bogotá realizó durante un mes la retrospectiva de una moderna cineasta colombo-brasileña realmente fuera de serie: Paula María Gaitán Moscovici. Hija única del mítico poeta nortesantandereano Jorge Gaitán Durán y de la experta teatral Dina Moscovici; viuda del corazón revolucionario del cinema novo (Glauber Rocha) y madre de sus dos últimos hijos, igualmente artistas (Eryk y Ava Rocha). Reseño, entonces, algunas de las propuestas audiovisuales de una cercana amiga que tuve la oportunidad de ver en sala.

Diario de Sintra (Portugal, 2008). Paula regresó a la espléndida villa de Sintra, veinticinco años después de acompañar a su esposo en el ocaso y exilio portugués del “genio y demonio de la cultura brasileña” –quien había filmado La edad de la tierra, la que sería su pieza póstuma cuando apenas traspasaba los 40 años–. Un leitmotiv, o motivo recurrente: las ramas de un árbol seco de donde cuelgan retratos en blanco y negro, que ella misma había fotografiado en vida del creador moderno iberoamericano n.° 1 de la historia del cine.

En un camino de piedra, las hojas desparramadas de la revista Mito que inmortalizara su padre. Alternó la vena plástica y poética con imágenes granuladas en Súper 8 casero, que permanecieron guardadas mucho tiempo “debajo de la cama, del colchón”. También, una encuesta con peces descritos por señoras de la plaza de mercado y preguntas sin responder sobre quién era el artista de aquellas fotos capturadas de su icónico marido. Aparecen los referentes de Glauber sobre cuatro elementos naturales: tierra, agua, viento y luz o fuego.

Vida (Brasil, 2008). Encuentro informal en espacios abiertos y soberbios paisajes costeros con una reconocida actriz (María Gladys), quien debutase en 1964 para Ruy Guerra en Los fusiles, del también revolucionario Ruy Guerra. Ella, con la mirada dirigida hacia un mar azul y tropical, evoca y revela su proceso en la creación de personajes para cine y teatro.

Memoria de la memoria, en 2013: breve documento de rodaje alrededor de la cotidianidad, tras un video familiar e intimista de quien filma de espaldas y conversa con sus tres hijos artistas –Eryk (cineasta y productor), Ava (sonidista) y Maíra Senise (diseñadora de modas)–. Es que la cámara acariciadora de Paula roza insistentemente rostros y manos mediante variados ángulos de aproximación.

Noite, en 2015, desde una boîte nocturna, la cara maquillada cubierta de escarcha y la cabellera suelta de un transformista trascienden sobre aquellos reflejos multicolores de neón y los faroles brillantes de la metrópolis carioca, que como ninguna otra agota los placeres de la noche.

Sutiles interferencias (2016). Luz, color, diseño de imagen y fragmentación del rostro de un artista en exacta correspondencia con su instrumento musical –una guitarra eléctrica–, más allá del proceso artístico en busca de un lenguaje propio sin desprenderse del cuerpo en referencia. Él, un guitarrista, Arto Lindsay; ella, Paula, exploradora de la piel del ejecutante y responsable de una cámara en mano que recorre ángulos y costados en tiempo real, con detalles e insertos de ojos claros, gafas y dedos del sambista ecléctico.

Luz en los trópicos (2020). Documental de viajes por selvas, pantanales, manglares y arenales; entre arbustos de verdes inacabables que invaden la pantalla y se abren a la sucesión en tiempo real del cine-poesía, sin prosa –así lo concebía Glauber–. También, ceremonias rituales y curaciones indígenas tanto amazonenses como de los estados de Mato Grosso y Pará; mujeres que bordan, colorean, tatúan y soplan la leña. Subvierte los tiempos: el alba o los amaneceres equivalen al final de la noche y los atardeceres son la obertura –al revés de una ópera–.

Introduce actores vestidos a la usanza antigua, que viajan a pie o en canoa por ríos y llanuras del Nuevo Mundo; su cámara se extasía con el ecosistema y en ese descubrimiento, luminoso e inagotable, el narrador proclama en tono apocalíptico que… “en el comienzo del mundo no había hombres y al final tampoco estarán”. Pero más allá del esplendor silencioso del parque nacional Xingú –un área más grande que España–, dibujos desperdigados en la nieve y fotos antiguas de aborígenes americanos para llevarnos de la mano y brindarnos una travesía por los muelles invernales de Manhattan. “Un film muy inspirado e inspirador” –comentario de un corresponsal extranjero en la Berlinale–.

Su videoinstalación: Dos orillas. Un inmenso plasma en el suelo, donde se reproduce la incesante corriente del río que arrastra maleza y raíces, sombras de pájaros que vuelan sobre sus riveras y peces que tiñen las aguas de rojo; en la pared de fondo, una mujer que camina por entre un cultivo de soya, y en los lados, tres pantallas superpuestas de la luz bajo los árboles filtrada sobre un arroyo cristalino y cinco o seis televisores pequeños nutridos por videos naturalistas e indigenistas.

MAURICIO LAURENS
Cine al Ojo
maulaurens@yahoo.es

(Lea todas las columnas de Mauricio Laurens en EL TIEMPO, aquí)

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