Los adultos mayores como protagonistas

Los adultos mayores como protagonistas

Cineastas activos y películas sobre dramas o experiencias vividas.

26 de junio 2020 , 09:25 p.m.

El pasado 31 de mayo, el actor y director Clint Eastwood cumplió 90 años. Si hacemos bien las cuentas, desde que cumpliera los 70 esta gloria viviente del séptimo arte ha dirigido la nada despreciable cantidad de 16 largometrajes. Piezas maestras como ‘Río místico’ y ‘Golpes del destino’ (‘Million Dollar Baby’), dos versiones de la batalla de Iwo Jima, biografías de Nelson Mandela y J. Edgar Hoover, y la recientemente vista ‘El caso de Richard Jewell’ (2019). De rostro impenetrable, asociado con legendarias personificaciones de vaqueros rudos y pistoleros sucios, su creatividad detrás de cámaras no ha menguado.

El maestro portugués Manoel de Oliveira (1908-2015), quien falleció a los 106 años e hizo varias películas ya centenario, se convirtió automáticamente en el ponderado artista y cineasta más viejo del mundo. Porque “muchos me conocen por la edad, pero no por mis películas” —lo dijo en Cannes al presentar ‘El enigma de Cristóbal Colón’ y recibir la Palma de Oro 2007 por el conjunto de su obra—. Tenía entonces 99 años y la lucidez suficiente para estrenar tres cintas más; entre ellas, ‘El extraño caso de Angélica’ o un fotógrafo que captura una aparición de ultratumba.

Grandes cineastas octogenarios de muy definidas personalidades siguen añadiendo frutos a sus importantes filmografías. Resultados vitales que envidiarían los menores de cincuenta: el primer gran cineasta experimental, Jean-Luc Godard, quien tendrá 90 en diciembre, presentó hace dos años ‘El libro de imágenes’ —el mejor film de aquel entonces para ‘Cahiers du Cinéma’—; Roman Polanski (86) ganó el César 2020 con ‘El oficial y el espía’ (‘J’accuse’); Costa-Gavras (87) hace poco fue reconocido con el premio honorario Libertad de Expresión gracias a ‘Comportarse como adultos’; y Woody Allen (84), no obstante su pronunciada decadencia, prepara la comedia número 45 o 46, que se conocerá como ‘Rifkin’s Festival’.

Pero también ellas y ellos han recreado dramas de película. Es el caso de Katharine Hepburn (1907-2003), con cuatro premios Óscar como protagonista y otras ocho nominaciones; un carácter recio e independiente, de porte distinguido y talento hipersensible, cuya despedida en cinta la conocimos como ‘Los años dorados’ (Mark Rydell, 1981), en su primer encuentro con otro de los monstruos de Hollywood (Henry Fonda). Se trató del estrecho lazo conyugal establecido por una pareja septuagenaria que celebraba sus bodas de oro en un lago de Nebraska; asimismo, la reconciliación generacional con la única hija criada bajo moldes independientes (Jane Fonda).

‘La balada de Narayama’ (Shohei Imamura, Japón, 1983). Aunque se aparta temporalmente del entorno erótico propio de su perverso director, revive aquellas estampas antiguas del siglo XIX sobre inquietantes conductas humanas selladas por
milenarias tradiciones familiares bastante dolorosas: el hijo mayor debe conducir a la cima de una montaña a su madre anciana donde deberá morir sola. Pero en el camino él se enamora y precipita el final de su progenitora.

‘Cocoon’, dirigida por Ron Howard, en 1985, abordó varias fantasías seniles: alcanzar la eterna juventud, recobrar la vitalidad en plena tercera edad y dejarse arrebatar por inofensivas criaturas del más allá, deseosas de reposar para siempre en el fondo del océano. En una atmósfera veraniega, se complacía en presentarnos una típica agrupación de matrimonios ancianos en Florida, con un excelente elenco, integrado por viejos talentos que pocas veces habían tenido papeles protagónicos desde Hollywood, con excepción de Jessica Tandy (Miss Daisy): Don Ameche, Hume Cronyn y Maureen Stapleton. Con frescura e ingeniosa puesta en escena, Howard sacó a relucir el espíritu atlético y jocoso de sus seniles protagonistas, además de revivir las emociones propias de sus segundas lunas de miel.

‘Guantanamera’ (Tomás Gutiérrez Alea, Cuba, 1995). Desde Guantánamo, en el extremo oriental de Cuba, arranca un cortejo fúnebre que atraviesa toda la isla para sepultar en La Habana a una veterana artista quien falleció repentinamente lejos de su lugar de residencia. Entre dolientes y acompañantes fortuitos, el cadáver era un personaje secundario en medio de situaciones picarescas algo inconexas. Mientras que su físico sufría el inevitable deterioro, Titón se burlaba sanamente con personajes septuagenarios que morían de repente, con rostros de felicidad o frente al cuerpo que amaron durante medio siglo.

‘Cerezos en flor’ (Doris Dörrie, Alemania-Japón, 2008). Marco familiar y sentimental de estilo naturalista. A partir de lo que sucedería cuando el amor de unos abuelos se prolongue más allá de la muerte, desde las cotidianidades de hogares rurales y urbanos (en Alemania) hasta los alcances de una cultura distante (la japonesa). Además del amor infinito que ellos manifiestan, se trazan las difíciles relaciones entre padres e hijos; con la inadaptabilidad del papá huésped y las distancias o frialdades del hijo anfitrión. Por su alta sensibilidad, fluye la esencia del cariño conyugal compartido y el descubrimiento tardío de paisajes, gentes y rituales de otras latitudes.

‘Nebraska’ (Alexander Payne, Estados Unidos, 2013). Anciano alcoholizado, con signos inequívocos de alzhéimer; casado con una mujer cascarrabias, veterano de la guerra de Corea y padre de dos hijos adultos; perdido en la carretera, camina dando tumbos por la vía y se obstina en llegar a pie mil millas adelante para reclamar un millón de dólares que una tendenciosa publicidad dice haber ganado. No solo se trata de recuperarle alguna de las ilusiones perdidas, sino del retorno al pueblo de sus orígenes, donde se reencuentra con hermanos igualmente seniles y viejos amigos interesados ante su pretendida condición de nuevo rico; también, la memoria siempre intacta del remoto pasado.

‘Candelaria’ (Jhonny Hendrix Hinestroza, Cuba-Colombia, 2017). Romance inacabable sostenido por una pareja de septuagenarios habaneros que sobrelleva con astucia y resignación las privaciones económicas por las que atraviesa el régimen cubano a comienzos de los años 90. Se quieren sin reservas, tratan de solucionar las limitaciones diarias, evocan tiempos mejores y solidariamente viven el uno para el otro. Dos excelentes actores profesionales —Verónica Lynn y Alden Knight— desarrollan una química especial entre ellos y cantan o recitan viejas melodías del repertorio romántico caribeño.

Mauricio Laurens, Cine al Ojo
maulaurens@yahoo.es

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