Consideraciones en los 80 años de Ciudadano Kane

Consideraciones en los 80 años de Ciudadano Kane

Fincher obliga revisar a Welles, Mank, Hearst y Bogdanovich.

19 de febrero 2021 , 09:25 p. m.

Ciudadano Welles (1992), voluminoso libro-entrevista del cineasta e historiador Peter Bogdanovich, publicado primero en Nueva York por Harper & Collins, contiene 554 páginas en la edición española de Grijalbo. Son veinticinco horas de conversaciones, desde Estados Unidos e Italia, con prólogo del crítico periodista Jonathan Rosenbaum y exhaustiva revisión de manuscritos por Oja Kodar –viuda del prodigioso director-productor y actor Orson Welles–. Aclarar que Bogdanovich, ahora octogenario neoyorquino de grata figuración en el Nuevo Hollywood años 70, identificado con Welles al compartir triunfos iniciales y fracasos posteriores, biógrafo además de John Ford y Alfred Hitchcock, saltó a la fama en 1971 gracias a su ópera prima juvenil paradójicamente bautizada La última película (The Last Picture Show).

Citizen Kane (1941), paradigma del cine moderno anti-Hollywood, obra maestra catalogada por más de cincuenta años consecutivos como la cima del celuloide estadounidense y mundial, película realmente mítica “por la cual todo el mundo le preguntaba y era la que a él menos le gustaba discutir” (Bogdanovich). En pocas palabras, plantea la crisis y el desmoronamiento moral o ético de una sociedad opulenta; así mismo, evocación nostálgica del edén perdido y la infancia irrecuperable, soledad o manipulación del poder e inutilidad del dinero de una plutocracia en declive. “Porque de no haber sido rico, quizás hubiese sido una buena persona” –palabras del ficticio magnate Charles Foster Kane–.

Su estilística visual se impuso desde la multiforme o variopinta primera escena filmada por Welles a sus 25 años –preludiaba los viajes en varios tiempos de una vida–. Con letrero de ‘prohibido pasar’ en un gigantesco portal y de fondo en claroscuro el abigarrado castillo floridense de Xanadú, en cuyo interior una enfermera apagaba las luces y enseguida volvían a encenderse. Al comenzar la proyección el poderoso antihéroe infartado rodaba por una escalera, su inigualable vozarrón pronunciaba ‘rosebud’ (capullo de rosa) y se rompía la bola de cristal con una cabañita nevada adentro –la pantalla enseguida quedaba en blanco–. ¿Un simbolismo? Respuesta: “Odio los simbolismos. El gran director Fritz Lang me comentó que al llegar de Alemania fue advertido de abstenerse de utilizar símbolos por cuanto los americanos no gustaban de ellos” (O. W.).

El personaje central, delineado por el coguionista Herman J. Mankiewicz (1897-1953), se asociaba de inmediato con las jugadas del voraz empresario periodístico William Randolph Hearst (1863-1951). Legendario el enfado de este último, que a su vez suscitó el bloqueo a la distribución en los teatros principales del territorio estadounidense, ya que constituía “una amenaza para el sentimiento patriótico norteamericano, a la libertad de expresión y de reunión y búsqueda de la felicidad”. Mank, abreviación de su apellido polaco, reconocido como ‘escritor borracho y cínico’, tenía a su haber la jefatura de los libretistas de Paramount Pictures en la primera década del cine sonoro y quien posteriormente sería opacado por su hermano menor Joseph –exquisito realizador de Eva al desnudo, La condesa descalza y Cleopatra–.

El ficticio Charles Foster Kane, septuagenario muerto en 1941 según el obituario inicial de un noticiero, en el mismo año de su estreno neoyorquino el 1º de mayo, fue definido por su coautor como un ser mezquino y despreciable: “no era grande el tal Caín, grande aquella historia que se cuenta”. Sobre W. R. Hearst (1863-1951), Welles lo definió como un fracasado en todos los sentidos: “Se limitaba a comprar todo tipo de cosas, que guardaba en cajas y cajones que nunca abría”. Quien hizo del amarillismo una jugosa receta comercial, brilló por su exacerbado patriotismo y se especializó en aumentar los odios contra pretendidos enemigos del establecimiento americano, sin inmutarse por sus simpatías hacia el nazismo. Resulta que la muy apetecida y bella comediante Marion Davies (1897-1961), su amante por treinta años, érase “el secreto menos guardado de Hollywood”.

Mank (2020), o de cómo fue escrita a finales de los años 30 la película más importante de los tiempos modernos por un alcohólico acostado en su cama… A propósito del muy esperado largometraje biográfico dirigido por David Fincher (Denver, Colorado 1962), vuelve a cuestionarse la subestimada autoría de H. Mankiewicz en la más trascendental e interesante de las cintas estadounidenses sin estrenar en salas oscuras por pandemia. Cuarenta años atrás el ilustre conversador le reconoció una contribución enorme, así como su entrevistador sostenía que la estructura y el concepto del film eran básicamente de Mank a partir del primer borrador de su guion. Subrayo las opiniones póstumas del colosal, aunque autosuficiente compañero visual de escritura: “Nadie en Hollywood era más amargado, miserable y raro que Mank. Era un perfecto monumento a la autodestrucción”.

Orson Welles (1915-1985), famoso igualmente como hombre de teatro y la radio, atraído por los movimientos de cámara en planos secuencia y fascinado por techos o focos emplazados en el suelo, patentó junto con su fotógrafo clásico Gregg Toland la generalizada nitidez o ‘profundidad de campo’. Precursor en sus relatos de ‘verdades y mentiras’, afirmó sobre rosebud que… “la búsqueda de la clave de algo es lo que realmente me interesa”. Al evocar a John Ford, su director favorito, dijo que aprendió cine al revisar varias veces La diligencia en sala de proyección (“como nunca había estado en una filmación, la primera vez que lo hice fue el primer día de rodaje”). Es que… “todo se montaba tal como se había filmado”, concluye.

Impresionante trayectoria cinematográfica la de David Fincher (Denver, Colorado 1962). Por solo mencionar sus contribuciones al cine personalizado de género: los enigmas criminales de Seven (1995) a Zodiac (2007), las golpizas urbanas underground en El club de la pelea (1999), el fantasioso relato reversible de Benjamin Button (2008) ideado por Scott Fitzgerald y el álbum juvenil informático concebido por Harvard (The Social Network, 2010). Esta vez, con guion de su padre Jack Fincher y música dura del múltiple instrumentalista Trent Reznor, filmó en blanco y negro para una sola banda sonora en el rancho californiano de Victorville –allí mismo estuvo confinado tan agudo escritor en decadencia–.

Un reparto estupendo, con algo más que las habituales menciones de estrellas y el ininterrumpido desfile de faunas humanas del Hollywood de aquellos turbulentos años 30. Es así como el siempre sorprendente Gary Oldman, disciplinado creador de personajes, viene acompañado de una excéntrica galería para conocedores: Marion Davis (estrella y amante encarnada por Amanda Seyfield), gigantes productores de tiempos dorados (Louis B. Mayer, David O. Selznick e Irving Thalberg), directores venerados como Von Sternberg o Joe Mankiewicz, esposa tentadora de uno de los anteriores (Norma Shearer) y alcohol, mucho alcohol. ¡Oscurecerá y veremos!

Mauricio Laurens
Cine al Ojo
maulaurens@yahoo.es

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