Socialismo y neoliberalismo en crisis

Socialismo y neoliberalismo en crisis

¿Ahora qué viene? El peligro es que pueden ser reemplazados por el populismo.

03 de mayo 2019 , 07:00 p.m.

El mundo vive una interesante paradoja. Aunque la polarización política es hoy una constante, las ideologías tradicionales están en crisis. Esto es particularmente cierto en América Latina, donde socialismo y neoliberalismo están moribundos.

Empecemos por el primero. Aunque hace ya 30 años, Francis Fukuyama, en su ensayo El fin de la historia vaticinó la derrota del socialismo-marxismo por el liberalismo democrático, cosa que efectivamente ocurrió en buena parte del mundo, en América Latina logró sobrevivir más de la cuenta gracias a la revolución bolivariana de Hugo Chávez.

Tres décadas después de la caída del muro de Berlín, y ante la peor debacle económica de nuestros tiempos y el sufrimiento del pueblo venezolano, el socialismo estatista, intervencionista y fiscalmente irresponsable está, afortunadamente, en su máximo desprestigio.

Pero si eso es cierto del socialismo, también es un hecho que el neoliberalismo perdió fuerza, después de haber sido el paradigma para seguir. Tuvo su apogeo en los años noventa, empaquetado en el llamado Consenso de Washington. Este decálogo de recomendaciones del FMI y la banca multilateral a los países en desarrollo sirvió para hacer reformas necesarias, como la apertura e independencia del banco central, pero se quedó corto como una estrategia de desarrollo.

La crisis del modelo neoliberal tuvo su origen en el mundo desarrollado a raíz de la gran recesión global de finales de la década pasada y del aumento de la concentración del ingreso y la riqueza que la precedió en buena parte de los países avanzados. A raíz de ello, la banca multilateral y el FMI perdieron confianza en sus recomendaciones y cambiaron de estrategia, empezando por darles mayor libertad a los países para escoger su propia ruta. Algunos, como Colombia, desde un comienzo habían adoptado lo conveniente del Consenso de Washington, como la estabilidad macroeconómica, incluyendo el control de la inflación y la disciplina fiscal, pero se habían apartado al añadir políticas que difícilmente pueden calificarse como neoliberales.

Por ejemplo, el Consenso de Washington no decía nada sobre la necesidad de reforzar la capacidad del Estado para reducir la desigualdad, o la creciente utilización de empresas estatales –como Ecopetrol– para impulsar el desarrollo de ciertos sectores. Poco aceptable para el neoliberalismo habría sido crear un banco público, como la Financiera de Desarrollo Nacional (FDN), para apalancar el desarrollo de la infraestructura. Y mucho menos priorizar la importancia de la sostenibilidad ambiental, algo que no aparece ni por las curvas del modelo neoliberal, en donde, en teoría, el mercado es capaz de responder todas las preguntas, cosa que evidentemente no ocurre.

El que el neoliberalismo haya dejado de existir, o no haya existido del todo en países como Colombia, no impide que se siga explotando políticamente, como cuando López Obrador, el día de su posesión, dijo que haría “todo lo necesario para abolir el régimen neoliberal”, y nuestros políticos de izquierda deciden no votar el Plan Nacional de Desarrollo (PND) porque representa la “continuidad de las políticas neoliberales de las últimas administraciones”. De hecho, el PND no es ni neoliberal, ni socialista ni tiene ideología alguna. Es un compendio de artículos que solo se pueden interpretar individualmente, unos buenos y otros muy malos.

Pero, si el neoliberalismo y el socialismo dejaron de existir, ¿ahora qué viene? El peligro es que pueden ser reemplazados por el populismo y la lucha de clases como herramientas de movilización política. Frente a esto, el único antídoto es la democracia deliberante y participativa, en la que el conocimiento se abra espacio frente a las respuestas siempre simples de las ideologías.

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