¿Está barato el dólar?

¿Está barato el dólar?

Se ha registrado una verdadera revolución en los capitales que nos llegan desde el exterior.

26 de julio 2019 , 07:10 p.m.

Una amiga que hizo un doctorado en Ingeniería Forestal me dice que se siente muy mal cuando los amigos le piden consejos de jardinería. Y no porque crea que la están subestimando, sino porque no tiene la más remota idea de qué hacer con un jardín. A los economistas les pasa un poco lo mismo cuando les preguntan en qué invertir. ¿Cuáles son las acciones que van a subir de precio? ¿Cuáles van a bajar? ¿Vale la pena comprar finca raíz? Pero hay una pregunta que ningún economista puede evadir, y todo el mundo espera que pueda contestar, y es qué va a pasar con el precio de dólar.

En rigor, es una pregunta muy difícil de responder.

Hasta hace poco, siempre dije que el dólar fluctuaría alrededor de 3.000 pesos, cien o doscientos pesos hacia arriba o hacia abajo, un rango suficientemente amplio para no equivocarme. Y así ha sido, más o menos, desde 2015. Pero ya no creo que esa sea la respuesta correcta.

La razón es simple. La economía colombiana tiene dos grandes desequilibrios, y la tasa de cambio es la variable que más puede ayudar a corregirlos. No lo ha hecho, hasta ahora, pues hay factores que lo han impedido.

El primer desequilibrio es que las importaciones están creciendo mucho más rápido que las exportaciones, lo cual no es sostenible por mucho tiempo. El déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos rondará este año los 14.500 millones de dólares, que equivalen a un preocupante 4,4 por ciento del PIB, bastante por encima del 3,3 del PIB registrado en 2017.

El segundo desequilibrio tiene que ver con el crecimiento económico, que no ha logrado alcanzar su nivel potencial. A la demanda le falta un impulso, y el Gobierno no está en capacidad de darlo por razones de sostenibilidad fiscal. El bajo crecimiento se refleja en las cifras de empleo: hoy en día, 2,6 millones de colombianos quieren trabajar, pero no encuentran empleo. Y lo más preocupante es que el número de empleos ha caído en el último año.

Una economía con una gran brecha frente a su nivel potencial, con un desempleo al alza y donde, además, se registra un alto y creciente déficit externo necesita una moneda más devaluada. Esto no ocurre de manera automática, ni está garantizado que resuelva todos los problemas, pero en principio es lo que cabe esperar.

La pregunta es por qué esto no ha ocurrido. ¿Qué ha impedido que estos desequilibrios se reflejen sobre el precio del dólar?

En los últimos años se ha registrado una verdadera revolución en los capitales que nos llegan desde el exterior. Desde 2013, en neto han ingresado al país 35.000 millones de dólares de inversión extranjera de portafolio. Este es el tipo de inversión que llega a comprar títulos valores, principalmente los papeles que emite el Gobierno. Por ello, los extranjeros hoy tienen el 26 por ciento de los TES, cuando en 2012 prácticamente no los compraban. El punto de fondo es que esta llegada masiva de dólares, que impidió una mayor devaluación, no se va a repetir.

De hecho, el ritmo al que llegan estos capitales ya comenzó a disminuir, entre otras razones porque es difícil que en el futuro puedan obtener las mismas rentabilidades que lograron en el pasado, cuando las tasas de interés que pagaban los TES eran mucho más altas.

Con menos exuberancia en este frente, la posibilidad de una mayor devaluación está cada día más cerca. Si eso nos ayuda a reducir el desempleo, moderar el déficit externo y estimular el crecimiento económico sería algo bienvenido, especialmente ahora que la inflación está bajo control. El problema es que es imposible predecir cuándo va a ocurrir esto.

El Banco de la República podría anticiparse a esta situación reanudando las compras de reservas internacionales, lo que tendría un doble dividendo. Acumular más reservas es lo prudente para el momento en que los fondos internacionales decidan buscar otro destino. Pero además, si la tasa de cambio sube y las exportaciones responden, ganaríamos todos, en un momento en el que no hay muchos otros instrumentos para estimular la producción y el empleo.

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