Desastres

Desastres

Nada nos blinda tanto como tener una mejor infraestructura.

17 de mayo 2019 , 07:51 p.m.

Hay quienes sostienen que ya no existen los desastres naturales, pues en realidad todos los desastres son causados por los seres humanos. Esto, aunque es una exageración, no deja de tener algo de cierto, pues –para quienes creemos en la evidencia científica– las avalanchas, inundaciones y sequías se han agudizado con el cambio climático. Pero aun los más agnósticos estarían de acuerdo en que las pérdidas asociadas a los desastres dependen de nuestra propia preparación y capacidad de preverlos.

Esta semana se reunieron en Suiza, como lo hacen cada dos años, cientos de autoridades de todos los países del mundo que tienen precisamente la responsabilidad de reducir los riesgos de desastres. La principal conclusión es que la dimensión del problema es de tal magnitud, tanto para países ricos como pobres, que ya no es responsabilidad exclusiva de un puñado de funcionarios al frente de los organismos que manejan emergencias.

Han entrado en escena los ministerios de finanzas, como un actor protagónico.

Y hay buenas razones para ello: los desastres naturales son ahora de tal magnitud y frecuencia que pueden comprometer la estabilidad económica y fiscal de cualquier país. Lo más complejo es que los desastres ya no vienen solos. Es decir, hoy por hoy, es más probable que un país tenga que enfrentar –al mismo tiempo– sequías, inundaciones y tsunamis.

En cuanto a las obras públicas a cargo del Estado, el foco debe estar en reforzar la infraestructura existente, lo cual genera menos votos pero salva más vidas.

Hay dos formas de enfrentar este problema. La primera es atacar las causas, como el cambio climático. Esto significa reducir las emisiones de carbono, para lo cual no hay nada más efectivo que los impuestos a los combustibles fósiles, como lo hizo Colombia en 2016. También hay que diversificar la matriz energética, hoy excesivamente expuesta al riesgo de una sequía en nuestro país. Para ello, hace muy bien el Gobierno en promover la subasta de fuentes renovables no convencionales, como la energías solar y eólica, pese a que hay muchos intereses creados que tratan de impedir que esto ocurra.

Pero la segunda forma de estar preparados para los desastres es teniendo los recursos para enfrentar sus consecuencias. Esta es la función de los ministerios de Hacienda. En el pasado, los desastres se enfrentaron con impuestos temporales que, por cierto, a la postre se volvieron permanentes. Ese mecanismo es hoy altamente cuestionado, pues refleja imprevisión y genera problemas en otras áreas de la economía.

Hay mejores opciones. Por ejemplo, Colombia cuenta con una línea del Banco Mundial que permite desembolsar 250 millones de dólares cuando se declare una emergencia asociada a un desastre natural. Este mecanismo es bueno, pues ofrece recursos en el momento que se necesitan, pero no deja de ser una deuda que hay que repagar. Lo realmente deseable es recibir un pago como ocurre con los seguros.

Un buen ejemplo, adoptado por Colombia, y que hoy es referente en el mundo, es la emisión de los llamados ‘bonos catastróficos’, con los cuales los inversionistas que compran los bonos pierden el capital si llega a ocurrir un desastre. Como parte de una transacción realizada con los demás países de la Alianza del Pacífico, recibiríamos hasta 400 millones de dólares en caso de presentarse un terremoto de cierta intensidad. El paso siguiente es emitir un bono similar para cubrirnos de riesgos de carácter climático, como la Niña.

Sin embargo, nada nos blinda tanto como tener una mejor infraestructura. Las APP, como las 4G, pueden ayudar mucho en este sentido. En este caso, el Gobierno paga por la prestación de un servicio, así que le corresponde al inversionista construir la infraestructura con las especificaciones adecuadas y, por supuesto, asegurarla.

En cuanto a las obras públicas a cargo del Estado, el foco debe estar en reforzar la infraestructura existente, lo cual genera menos votos pero salva más vidas.

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