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Falsa normalidad

Falsa normalidad

Los problemas siguen latentes: la explosión social y la crisis fiscal no se han desactivado.

09 de julio 2021 , 09:25 p. m.

El ambiente está pesado. Como cuando desde temprano en la mañana se sabe que pasado el mediodía caerá una tormenta, hay razones para pensar que estamos viviendo una falsa normalidad. Un observador desprevenido puede pensar que lo peor ya pasó y que las cosas ya han regresado a su curso. Desafortunadamente, no es así.

Es posible que esta sensación se deba a que el estallido social es menos visible, pues se ha concentrado en algunos puntos específicos. Quizás la calma se deba a que el Congreso está en receso, lo que permite que por unos días bajen los decibeles de la radio. Pero también hay tranquilidad, pues los mercados no se han hecho sentir, pese a la pérdida del grado de inversión por parte de Fitch –la segunda calificadora en dar ese paso–.

Aunque el número de casos y muertes por covid sigue entre los más altos del mundo, la aceleración de la vacunación también ayuda a generar cierto alivio, así sea pasajero, mientras entra en escena la variante delta que hizo estragos en Australia esta semana. Por eso, no hay que llamarse a engaños, se trata de una falsa normalidad. La crisis no ha desaparecido: la tormenta puede caer en cualquier momento.

Los problemas siguen latentes: la explosión social y la crisis fiscal no se han desactivado, sino que están hibernando. El error es pensar que podemos ponernos en ‘modo elecciones’ y pasar sin escalas de la calma chicha de hoy a la posesión del próximo presidente en un año. De aquí a allá hay mucho por hacer, y no serán propiamente cortes de cintas. El Gobierno y la clase política tienen una responsabilidad enorme en esta recta final.

Los primeros en darnos sorpresas pueden ser los mismos mercados, que hasta ahora han sido bastante pasivos. Un dato ilustra muy bien los riesgos: el año pasado la salida de capitales del sector privado fue cercana a 11.000 millones de dólares, que pasaron desapercibidos, pues –al mismo tiempo– el Gobierno se endeudó masivamente y trajo del exterior 17.000 millones de dólares. Esto no se va a repetir.

El Gobierno, en su ‘Marco fiscal de mediano plazo’, piensa que el sector privado no seguirá sacando capitales a ese ritmo (de hecho, proyecta que en 2022 no sacará un solo dólar), lo que es excesivamente optimista, justo en un año en el que habrá mucha incertidumbre sobre el manejo futuro de la economía.

Para que los capitales se queden en Colombia, y no haya una fuerte devaluación, hay que actuar desde ya. Si la prioridad es desactivar la crisis fiscal, ¿cómo es posible que el Gobierno haya anunciado en ese mismo ‘Marco fiscal’ que sus gastos de funcionamiento aumentarán de 15,9 % del PIB en 2021 a 17,1 % del PIB en 2022? Esto es exactamente lo contrario de lo que se debe hacer. Hay que aprovechar los años electorales –que son un tanto huérfanos desde el punto de vista político– para recortar fuertemente el gasto, tal y como ocurrió en 2018.

La segunda medida que se debe anunciar el 20 de julio es la reforma tributaria. Llámese como se llame, el denominado “proyecto de inversión social” solo tendrá una lectura posible: el Ejecutivo tendrá que recoger velas frente a lo que hizo en 2019, cuando redujo impuestos y otorgó beneficios fiscales de una manera que no era sostenible, como quedó en evidencia a raíz de las decisiones de las calificadoras.

* * *

En medio de esta aparente normalidad aparecen hechos que nos recuerdan que vivimos en un estado de anormalidad permanente. No hemos terminado de asimilar la noticia sobre los 26 exmilitares colombianos detenidos en Haití, que no parecen ser simples “casos aislados”. Independientemente de si fueron a ofrecer seguridad o generar inseguridad, este hecho deja muy mal parado a nuestro país –máxime cuando por lo menos uno de ellos estaba siendo investigado por casos de ‘falsos positivos’ y había ofrecido a la JEP verdad, reparación y no repetición. El que esto haya ocurrido el mismo día que la CIDH entregó su informe –del cual discrepo cuando afirma que se deben tolerar los bloqueos–, en el que condena ciertos abusos de la Fuerza Pública, nos debe invitar a una reflexión autocrítica sobre nuestras propias instituciones. En esto tampoco podemos acostumbrarnos a una falsa normalidad.

Mauricio Cárdenas@MauricioCard

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