La música y los derechos humanos

La música y los derechos humanos

Sinfonías, cantos y melodías atados al derecho a la felicidad, que es la suma de todos los derechos.

25 de octubre 2020 , 01:17 a. m.

La música une culturas, lenguajes, quiebra barreras y, al conectar sentimientos, propicia incluso transformaciones sociales. Es la fuente de comunicación entre la sensibilidad creativa del compositor, la de los intérpretes y la del público que se emociona con lo sublime de este arte y con lo que consigue transmitir.

Hay sinfonías, óperas, melodías, cantos clásicos y populares que nos atraviesan el alma, atados con el derecho a la felicidad, que es la suma de todos los derechos humanos y aparece consagrado como tal en algunas constituciones políticas, la americana entre otras.

Desde la perspectiva de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, es un deleite escuchar la ‘Pastoral’ de Beethoven, que invita a la armonía con el medio ambiente, y a la alegría y la hermandad; con el poema de Schiller en la ‘Novena sinfonía’. La ‘Carmen’, de Bizet, un himno a la libertad; ‘Guillermo Tell’, de Rossini, la lucha de los pueblos por sus derechos; el lamento de los esclavos de ‘Nabucco’, de Verdi, que añora la bella patria perdida, y la ‘Patética’, de Tchaikovsky, que clama por el respeto a la propia sexualidad. En las ‘Estepas de Asia central’, de Borodin, las culturas se mezclan y se ama la tierra. En ‘Pacificanto’, de Huáscar Barradas, ballenas y humanos le cantan a la vida. El ballet ‘Rodeo’, de Copland, con el derecho a la propia cultura. ‘La Navidad de los niños’, de Debussy, sobrecoge por como denuncia el abandono infantil.

En el álbum de lo popular, los Beatles invocan con ‘Imagine’ un mundo mejor y en paz. Violeta Parra, contra las dictaduras. ‘Las calles de Filadelfia’, de Bruce Springsteen, llevada al cine, resalta la intolerancia hacia los homosexuales. Leonard Cohen denuncia con ‘Democracia’ la cuna de lo mejor y lo peor, Estados Unidos. Manu Chao y ‘Clandestino’, un lamento mestizo referido al racismo y la inmigración ilegal. José Luis Perales y su ‘Danza de los nadie’, la decepción social de los que no encuentran una vida digna. Nino Bravo: “Me voy, pero te juro que mañana volveré, las penas pesan en el corazón”, el canto romántico del emigrante forzoso, y un homenaje que todavía tarareamos los de su época: “Libre como el sol cuando amanece, yo soy libre como el mar”, dedicado al primer berlinés abaleado en el intento de saltar el muro hacia Alemania Occidental, un joven de 18 años. También Juanes que, con su rock- pop ‘Fíjate bien’, contra las minas antipersona, canta: “Despojado de tu casa, vas sin rumbo a la ciudad, sos el hijo de la nada, sos la vida que se va”.

Un poema sinfónico que estremece el alma se titula ‘Voces’, del compositor clásico contemporáneo Max Richter. Contiene la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Minimalista, profunda y melódica, su inspiración obedece a que “el mundo se equivoca cada vez más de nuevas maneras”. El único remedio, dice su autor, es el de narrar lo que se está evaporando ante nuestros ojos y que es relevante todo el tiempo para todos los seres humanos. Empieza con la voz de Eleanor Roosevelt, quien explica en su discurso de 1948 que la Declaración “es para todos los pueblos y todas las naciones”. La actriz Kiki Layne dice, a manera de recitativo, el artículo primero que tan hondo nos llega: “Todos los seres humanos nacen libres en dignidad y derechos”. A partir de su voz, el clamor crece hasta convertirse en una polifonía exultante y única. Una canción de cuna acoge el derecho a la maternidad. Hombres, mujeres y niños, en múltiples corales, van afirmando, sobre la belleza de la música, cada uno de los demás derechos en idiomas diversos de Oriente y Occidente, dialectos y lenguajes indígenas, acompañados por toques armónicos de esperanza ante lo lejanamente posible. ¡Ojalá!

MARTHA SENN

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