Aprender a pensar

Aprender a pensar

Enseñar a pensar con coherencia democrática permite aprender a reconocer, aceptar y respetar.

05 de julio 2020 , 02:08 a.m.

Cuando mi hijo se graduó en la Universidad de Cornell, le pregunté qué había aprendido. “A pensar”, me respondió. Entonces valió la pena el esfuerzo, me dije.

La educación, derecho fundamental de las todos los seres humanos, garantizado en las constituciones políticas de los Estados democráticos, y única arma legítima para vencer la guerra entre las culturas incultas, está más cerca de la utopía que de la realidad social. Qué se tiene que educar primero: la sensibilidad, o el conocimiento. Qué es más útil para vivir en comunidad: aprender a reconocer y manejar las emociones, o concentrarse en procesos del conocimiento científico, tecnológico, oficios, artes o manualidades.

La convergencia sería lo deseable. ¿Pero cuál es el punto de partida y de encuentro para que cada persona haga compatible su vida interior con su vivencia comunitaria? La clave está en aprender a pensar, desde la más tierna edad, en función de los valores superiores de las culturas que tienen como denominador común la libertad, la igualdad en derechos y el respeto entre los seres humanos. Son predicados preciosos, plasmados en normas internas e internacionales. Enseñar a pensar con coherencia democrática permite aprender a reconocer, aceptar y respetar todo lo que nos hace diversos, únicos y autónomos como individuos.

Pero en esta época calamitosa, mientras se diseñan y logran, vía internet, los beneficios educativos gracias a la tecnología digital, también por esas mismas redes sociales aparecen los abusos, insultos, calumnias y falsas noticias, lo que confirma que el mundo no está alerta para comprender esta modernísima torre de Babel que con la máxima tecnología comunicativa de la historia de la humanidad, sin embargo, nos enfrenta de manera tan agresiva. La única línea de rescate es aprender a pensar.

Es tan inhumano lo que pasa con la maldición racista y la discriminación en muchas ciudades del mundo que las manifestaciones masivas contra la barbarie superan el instinto básico de sobrevivencia que nos protege contra el imperio del covid-19. Quienes se manifiestan en las calles están entre los individuos que saben pensar, sienten la emoción de la empatía y demuestran conocimiento de los derechos humanos violados. Arriesgan, inclusive, sus vidas, al desobedecer el distanciamiento social. Se abren caminos de esperanza hacia la sanación de esos abscesos culturales, así sean aún millones los indiferentes y los que se dejan guiar por el odio y la ignorancia porque, precisamente, no han aprendido a pensar.

La maldición que flagela la inocencia de niños y niñas, y que atenta contra la vida de los líderes sociales, genera manifestaciones masivas mediáticas por vía digital. Un activismo contra las injusticias, los desconciertos y las inmoralidades. Se reclama a las autoridades competentes, que investiguen, denuncien, actúen y sancionen. Con ellos aprendemos a pensar.

Circula el video de una maestra que sienta en las primeras filas del salón a los niños de ojos azules, les da almuerzo preferente y los consiente. Los de ojos oscuros quedan en las filas traseras, comen pan y agua, y son rechazados con burlas. Durante el recreo sucede la humillación instintiva de la supremacía de los escogidos sobre los discriminados. Al día siguiente, para sorpresa de los ojiazules, sucede lo contrario. Son los ojioscuros los escogidos y ellos, los discriminados. El experimento enseña a los niños a pensar y sentir al tiempo sobre la estupidez del racismo y la discriminación. Llegarán a la vida adulta con ideas claras.

Un proverbio judío dice: “El hombre piensa, Dios ríe”. Tal vez los valores comunitarios supremos sean un eco de la risa divina.

MARTHA SENN

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