Recato femenino

Recato femenino

Se tiene la idea equivocada de que la seguridad de una mujer depende solo de su propia cautela.

13 de febrero 2018 , 12:00 a.m.

En 2016, la Secretaría de Gobierno de Bogotá emitió un concepto jurídico en el que cuestionaba a Rosa Elvira Cely por ir al parque Nacional en la madrugada del 24 de mayo del 2012, día en que Javier Velasco la golpeó, la violó y la empaló. “Todos sabemos que ese sitio es desolado en las noches”, decía el concepto. Se sugería, entonces, que la culpa de la agresión sexual que ocasionó la muerte de Cely era de ella misma: por transitar un lugar solitario, por ‘exponerse’, por ‘dar papaya’.

La semana pasada, una estudiante de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín (UPB) denunció en la rectoría a un compañero que le alzó la falda y la empujó con violencia. A raíz de ese hecho, la universidad publicó un comunicado en el que recomienda a las estudiantes evitar las minifaldas, los escotes y la ropa ajustada “para no distraer a los hombres”. El comunicado sugiere, en ese sentido, que el tipo de vestuario de las universitarias condiciona su propia seguridad en el campus y que de su ‘recato’ depende que los impulsos bestiales de los hombres (siempre tan naturalizados) no estallen en conductas violentas. En otras palabras: no den papaya, jovencitas.

Los agresores suelen salir bien librados cuando la sociedad y las autoridades se apropian de la idea de que el móvil de sus violencias no es el machismo, sino la conducta provocadora de la víctima.

El caso de Rosa Elvira y el de la estudiante son, por supuesto, distintos. Pero el concepto jurídico de la Secretaría de Bogotá y el comunicado de la UPB comparten la idea de que la seguridad, la integridad y hasta la vida de una mujer dependen de su propia cautela: cautela para vestir, actuar, hablar y hasta caminar por el espacio público. Así, cuando el comportamiento, el vestuario, el discurso, la apariencia o las opciones sexuales de una mujer exceden los límites que le han sido asignados históricamente, las violencias perpetradas en su contra parecen justificables. La posibilidad de vivir sin miedo se hace, entonces, directamente proporcional a nuestra ‘mesura’ estética, sexual, política y discursiva.

Esa lógica es peligrosa y desafiante. Peligrosa porque nos impide responsabilizar a los verdaderos agresores, que suelen salir bien librados cuando la sociedad y las autoridades judiciales se apropian de la idea de que el móvil de sus violencias no es el machismo, sino la conducta provocadora de la víctima. Y es desafiante porque, en el fondo, lo que evidencia la idea del recato como condición de seguridad de las mujeres es que los imaginarios culturales que han limitado y definido injustamente nuestro género todavía son muy fuertes, que muchas de nuestras libertades aún están en disputa y que nuestro bienestar no es completamente posible por fuera de los códigos morales tradicionales.

MARÍA LUNA MENDOZA
marialunamendoza17@gmail.com

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