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Paz: ¿sobredimensionada?

Paz: ¿sobredimensionada?

Tristemente la paz en Colombia, más que una realidad, sigue siendo un eufemismo.

28 de noviembre 2021 , 12:00 a. m.

Un poco a la fuerza, y otro poco irónicamente, el expresidente Santos tuvo que reconocer que su sucesor, Iván Duque, sí se montó en el tren de la paz, durante los actos conmemorativos de este aniversario de los cinco años de la firma del acuerdo de La Habana.

Tuvo que aceptar, frente a toneladas de evidencia, que no era cierto aquello de que tuviera planeado “volver trizas la paz”. Y que, por el contrario, basado en lo acordado, ha trabajado en el intento de crear los mecanismos para implementar el acuerdo que dejó escrito Santos, con todas sus insuficiencias financieras y en medio de una gran polarización política que no logró dejar aplacada. La semilla sembrada por Santos alrededor de la verdad, de la justicia, de la reparación y de la no repetición, para que finalmente surja un verdadero proceso de reconciliación entre los colombianos, logró continuidad bajo este gobierno. Pero no ha sido suficiente.

Por eso la pregunta tiene que ser respondida sinceramente, sin chistecitos, como el de De la Calle de que Duque se nos pasó “al sí”: ¿qué es lo que verdaderamente puede mostrar Colombia hoy, en este aniversario n.° 5, de la firma del acuerdo de paz, además de voluntad?

Es cierto que hay más de 7.000 excombatientes luchando por su reincorporación a la vida económica, política, familiar y social, embarcados en 3.575 proyectos productivos. 13.000 están afiliados a servicios de salud. Han recibido un generoso apoyo del Estado que ya va por los 32 billones de pesos. Diez de sus dirigentes ocupan orondamente curules en el Congreso, pero los réditos políticos de esta concesión magnánima de Santos no parecen haber redundado por ahora en la construcción de un movimiento político suficientemente fuerte ni atractivo para que los colombianos lo utilicen como vehículo de sus aspiraciones políticas.

La pura verdad es que a Colombia todavía no ha llegado la paz; y lo que por ahora se está tratando de implementar son unos acuerdos parciales que en el papel intentaron ser un programa político de lujo para varios períodos presidenciales. Pero así como el papel lo aguanta todo, la realidad no es tan generosa, y pronto se hizo claro que aunque el país evidentemente está mejor con la desmovilización del 70 % de la guerrillerada de las Farc, como programa de gobierno deja mucho que desear. No aparece todavía la plata para los colegios, ni para la energía urbana, ni para las carreteras ni para la adjudicación de tierras productivas; las desmovilizaciones no incluyeron el 100 % de la guerrilla, cuyas disidencias continúan por ahí haciendo de las suyas en el narcotráfico. Y más aún. Todavía no asoman por ninguna parte ni la justicia, ni la verdad, ni la reparación ni la no repetición, los ejes de la justicia transicional, sobre la cual se montaron los cimientos de este acuerdo parcial de paz.

La lentitud de la justicia transicional (JEP) es inaudita. A los cinco años de la firma de los acuerdos, lo único que hay es plena y franca impunidad. Cada rato anuncian apertura de megacapítulos de cosas horrendas que hicieron las Farc, pero, mientras tanto, ellas niegan sus crímenes. Reclutamiento no hubo, solo interés de las Farc en proteger a la temprana infancia. Violencia sexual tampoco hubo, solo un poco de disciplina militar frente a desbocadas acciones reproductivas, y “desembarazos” de las niñas y mujeres cuando la guerra así lo exigía. El ingreso a las Farc era voluntario. Secuestrados no hubo. Solo personas retenidas que tuvieron, siempre que se pudo, camitas calientes y cambuches. Esclavismo tampoco; trabajo forzoso, menos. Los secuestrados trabajaban cuando se aburrían y las cadenas no tienen nada que ver con el sometimiento brutal de una persona para que se comporte al arbitrio de los deseos de su captor, con solo jalarla amarrada al cuello. Como con los esclavos.

La paz en Colombia ha sido sobredimensionada. Ello es lo que explica que el acuerdo sea más popular y cuente con mayor prestigio por fuera de Colombia que por dentro, donde es casi inexistente.

La paz no está por estos días en el radar de la política electoral colombiana. Produce tan pocos votos atacarla como defenderla. El poscovid enrumbó las necesidades de los colombianos hacia otros horizontes y la búsqueda de distintos liderazgos, porque seguridad, empleo, salud y cambio climático son los temas de moda, y, por ejemplo, Timochenko no es modelo programático de ninguno de ellos.

Tristemente, cinco años después de su firma parcial, la paz en Colombia, más que una realidad, sigue siendo un eufemismo. El más permisivo posible. Con todo, me quedo con lo que hay, y no rumiando la incógnita de lo que pudo haber sido y no fue.

Entre tanto… ¿Estarán amangualados la alcaldesa Claudia López y el clima horrendo de Bogotá para que finalmente emigremos? Porque parece.

MARÍA ISABEL RUEDA

(Lea todas las columnas de María Isabel Rueda en EL TIEMPO aquí).

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