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Los Sussex

Los Sussex

El que no quiera entender las exigencias de pertenecer a la monarquía que no se case con un Windsor.

14 de marzo 2021 , 12:22 a. m.

28 millones de personas, incluyendo encumbradas audiencias políticas, vieron la entrevista de los duques de Sussex, Harry y Meghan, con Oprah Winfrey.

Más que frívola, la entrevista fue un recorderis de que la actual era isabelina puede estar próxima a terminar y que con la eventual desaparición de Isabel II, el soporte que ha brindado la monarquía a la estabilidad política británica durante los últimos 69 años puede trastabillar.

Isabel II ha capoteado desde los más abruptos cambios de política económica hasta el proceso de la Gran Bretaña de convertirse en un enorme centro multirracial. Un estudio mencionado por ‘The Economist’ revela algo que hoy suena inverosímil: en los años 50, la mitad de los británicos nunca había visto a un negro.

Pero la provechosa diversidad racial y cultural es apenas una parte de los grandes cambios sociales sucedidos bajo Isabel II. Desde los 60 se han hecho reformas como la legalización de la homosexualidad y del aborto, del divorcio (3 de sus 4 hijos lo están). Se ha prohibido la discriminación racial y abolido la censura en los teatros.

A su manera, la casa real británica se ha ido compaginando con los cambios del siglo. Pero sobre la base de que la reina sabe que su estabilidad radica en ser una figura apolítica y unificadora. En cambio, su hijo Carlos, el heredero, tiene una peligrosa tendencia a intervenir en debates de política pública. Y aunque la popularidad y el respeto por la reina son incuestionables, no así los de su heredero, el príncipe Carlos, que con frecuencia ha sido ridiculizado y vilipendiado por sus “súbditos”. Una humillante encuesta indica que tiene un positivo del 4 %, y que solo el 13 % de los entrevistados piensa que sería mejor sucesor de la reina que su nieto William.

El que no quiera entender las exigencias de pertenecer a la monarquía, como doña Meghan, que no se case con un Windsor, que más que un hombre es una institución de pasado borrascoso. Porque la única forma de hacer bien ese papel en la realeza es autoanularse. Y la reina Isabel II lo ha ejercido de manera exquisita. Como lo recuerda ‘The Economist’, ella no ha dicho absolutamente nada interesante en los 70 años de vida pública. Y no porque sea una persona aburrida, que no lo es. (Sabe burlarse de sí misma, como cuando recibió en Buckingham a Daniel Craig personalizando al agente 007, James Bond. O cuando permitió que una doble suya fuera expulsada de un helicóptero en la inauguración de los Juegos Olímpicos).

Ese papel de “nulidad” también lo ha entendido perfecto Kate Middleton, esposa del príncipe William. No así Diana de Gales. La vida la puso de protagonista y escogió convertirse en una maestra de la política de la emoción, mejor conocida como populismo puro. Demostró estar hasta dispuesta a enterrar su alma en público en las entrevistas que concedió para revelar los detalles de su desgraciada vida, y se convirtió así en la reina, pero de los corazones de la gente. El populismo que dejó sembrado ‘Di’ inspiró una oleada antielitista. El primer ministro Tony Blair comenzó a hacerse llamar desde entonces ‘Tony’; sucedido por “llámame Dave” (Cameron); pasando por los ‘brexiters’, que, dominados por el populismo a lo ‘Di’, le apostaron más al resentimiento que a los flujos comerciales. Y hoy vivimos en la era de “llámame Boris” (del primer ministro Alexander Boris de Pfeffel Johnson), un miembro activo de la élite metropolitana que posa de sencillo político de pueblo.

Y de la dulce Diana (que en realidad merecía mucha compasión por su frágil madurez afectiva) llegamos a su nuera, la diva Meghan Markle, hoy admirada por muchos porque dizque se atrevió a cantarle la tabla a la reina.

No. Meghan arrastró a su esposo, Harry, a comportarse como una celebridad y no como un funcionario público. Hoy, los Sussex practican la mejor interpretación del capitalismo del siglo XXI: acumular seguidores para monetizarlos, y van camino a convertirse en una marca global que se llamará Sussex. (Les prohibieron la marca Royal). Estudian contratos con Netflix, Disney (que sí sabe para qué sirven príncipes y princesas) y Spotify, entre otros. Se calcula que en su primer año tienen aseguradas en utilidades no menos de 500 millones de libras esterlinas.

Y con respecto a las denuncias de racismo de Meghan, espero que no me acusen de serlo. Porque anuncio que estoy esperando una nieta, y me muero de ganas de saber si en los matices de su color de piel imperarán los genes del atardecer latino de su padre o los primeros brillos del sol de la mañana de su madre.

Entre tanto… ¿Al fin qué: Petro aceptó a Benedetti en sus filas porque lo presume inocente o ya se le pasó?

MARÍA ISABEL RUEDA

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