La tragedia del Gobierno

La tragedia del Gobierno

En el fondo estamos llegando a la conclusión de que no se puede gobernar sin ‘mermelada’.

15 de diciembre 2018 , 11:43 p.m.

El Gobierno está sinceramente tratando de hacer las cosas bien, pero parece haber caído bajo el hechizo de que casi todo le sale mal. Desde cosas fáciles como componer una terna, para la que sobraban los candidatos. Pero no, la Corte se la devuelve porque alguien no midió las consecuencias de ternar a una magistrada activa que tendría que ser elegida por quienes ella misma eligió, repitiéndose el fenómeno ‘yo te elijo, tú me eliges’ que ya tumbó a un procurador. Hasta otra cosa fácil, como encontrar un nombre sin reparos para la dirección del Centro de Memoria Histórica, que, justa o injustamente, no pudo posesionarse.

Pero también se le caen cosas grandes. Diseña una reforma de la justicia vital para mejorar la gobernación de la Rama Judicial, y se la tumba un sepulturero que en la actualidad ocupa la presidencia de la Cámara. Intenta atinar con una reforma política cuya columna vertebral sería regresar a las listas cerradas, para evitar que cada candidato de cada lista se comporte como un feudo político. Una ‘mano misteriosa’ ordena hundir ese artículo, que desde luego tiene a varios pensando que si se cierran las listas tendrán que ir a pedirles cacao a los actuales o futuros directores de los partidos apelando a la ley de bolígrafo.

Presenta un proyecto importante, moderno, audaz, para aumentar la conectividad de la red a lo largo y ancho del país, y se lo convierten en un intento de censura a ‘Noticias Uno’, algo que es una absoluta mentira según jura la ministra de las TIC, pero que si no lo fuera, miles estaríamos allí de pie para impedirlo.

Y presenta una ley de financiamiento que en principio estaba inspirada en la equidad. Cobrarles a los ricos y devolverles a los pobres. Luego de su paso por el Congreso, los expertos hablan ya del Frankenstein; y por el mal manejo del contenido del proyecto, el Presidente se echó encima no solo a los pobres, a los medianos, sino también a los ricos. La reforma se le quedó sin nicho.

Completaron más de diez marchas los estudiantes antes del arreglo para financiar la universidad pública. El Presidente hizo lo que hace un gobernante honesto: no ofrecer lo que no va a poder cumplir, lo cual sí hizo el pasado gobierno y era en parte ese incumplimiento el que reclamaban los marchantes.

Todo lo anterior no es producto de la mala fe. Se puede alegar inexperiencia, ingenuidad, primiparada, candidez. Mal manejo en la comunicación, emboscadas mediáticas de los enemigos del Gobierno, lo que quieran. Pero, para mí, la razón de que Duque esté en 64 % de desaprobación y solo tenga el 29 % de aprobación, según Gallup, es que la causa principal de esos fracasos del Gobierno en el Congreso, y que lo hacen ver débil, tiene su origen principal en la falta de ‘mermelada’.

En aras de cambiar las costumbres políticas, la juventud del nuevo Presidente le dio ínfulas para pensar que, equiparando equivocadamente la ‘mermelada’ con la participación política, podía nombrar en su primer equipo a los que ni siquiera fueran amigos del Centro Democrático. Desatada la furia del partido que lo ayudó a elegir, en una segunda etapa comenzó a darle participación política y hemos pasado a la tercera etapa, en la cual están indignados todos los demás partidos e incluso no se calman ni los del suyo propio.

Hay unanimidad en que no debe haber cupos indicativos. Pero en un país donde la cultura del poder depende de los puestos, y donde la política se ejerce recibiendo parlamentarios que piden cuotas de representación política, quizás fue demasiado pronto y radical el cambio que introdujo el presidente Duque.

No se dan cuenta, todas las voces que ahora le reclaman, de que no tiene liderazgo en el Congreso, que sus ministros son débiles –cuando no lo es casi ninguno– y se dejan tumbar sus proyectos, que le volvieron un mamarracho su ley de financiamiento, que la reforma política se quedó sin columna vertebral, que la de justicia se quedó sin nada y que la reforma de las TIC se la atribuyen a un talante dictatorial como el de Maduro, que en el fondo estamos llegando a la conclusión de que en este país, señores y señoras, no se puede gobernar sin ‘mermelada’. Qué tragedia que ese sea el precio que tenga que pagar un presidente que quiera pasar a la historia como un renovador pacífico sin extremos ideológicos.

Entre tanto... La serenidad que acompañó a BB a su tumba fue fruto de muchos años de reflexión. Ojalá nos alcancen los que nos queden para equipararla.

MARÍA ISABEL RUEDA

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