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La profesora de historia

La profesora de historia

La enseñanza no puede estar sesgada por perjuicios que reproduzcan posturas ideológicas del docente.

He sido incapaz de referirme públicamente en tres años a mi hijo Pedro porque el dolor de su ausencia me tiene cautiva y creo que nunca me va a liberar. Hoy haré una excepción. Porque es imposible no recordar su infinito amor por la historia y por la enseñanza de la historia, que fue su pasión, a propósito del agitado debate acerca de la forma como una profesora de ciencias sociales, Sandra Ximena Caicedo, elaboró las preguntas para un taller escolar sobre ‘falsos positivos’.

En homenaje a Pedro, comienzo por exigir todo el respeto por la profesora Sandra Caicedo, en su calidad de docente, y su derecho a la libertad de cátedra, así la discusión nos lleve a discrepar.

La profesora entrega a sus alumnos un cuestionario de once preguntas. A medida que avanza, este va angostando las posibilidades para ser respondido solo en una dirección: la de la maestra. Es como si el alumno comenzara a contestar las preguntas sumergido en un océano de posibilidades, que se va achicando en ríos, en vertientes, en humedales, y en charcos, hasta que el agua disponible para sus respuestas cabe en una botella de Coca-Cola.

“¿Qué es un falso positivo?”. Procedente pregunta. La misión de la maestra es transmitirle al estudiante información veraz y constatada para suscitar en él la única salida posible: un repudio radical y sin atenuantes de esos espantosos hechos.

Pero esa misión no se puede mezclar con preguntas que se van volviendo intencionadas, todo con el fin de que el estudiante acepte, como si fuera de su cosecha, conclusiones que le garantizarán su nota aprobatoria. La misión de la maestra es educar con libertad. Por ello la enseñanza no puede estar sesgada por perjuicios que reproduzcan posturas ideológicas del docente.

Los colombianos, y comenzando por los jóvenes, tienen que saber que altos oficiales produjeron asesinatos de civiles presentados a la historia como fruto del combate con las bandas criminales. Esa atrocidad no hay nada que la justifique.

Pero en la pregunta 3 comienzan los problemas: “¿Quiénes fueron los encargados de ordenar, ejecutar y llevar a cabo los falsos positivos?”.

Unos muchachos de colegio no pueden contestar eso. La respuesta la llevan casi 20 años investigando los jueces. Tampoco a la pregunta: “¿Cómo lograban que los soldados se sumaran tan fácilmente a cosas tan macabras?”. Porque eso habría que preguntárselo a soldado por soldado, respuesta que no encontrarán en internet.

“¿Por qué es especialmente grave que el Ejército y el Gobierno estén implicados directamente en el tema de los falsos positivos?”. Ya ahí, el estudiante no tiene espacio para lanzar una opinión libre. “Estar implicados” no permite opción distinta que la de la culpabilidad. Y solo deja espacio para una exclamación de odio y de indignación sobre unos hechos cuya investigación no ha concluido.

Y la pregunta de oro: “¿Cuál es la responsabilidad de Álvaro Uribe en los falsos positivos?”. Ahí, al estudiante no le quedan sino dos alternativas. Contestar que ninguna, con lo cual la rajada será segura. Si se va por la mitad y dice que se cometieron durante ese gobierno, pero que en el mismo período fueron desvinculados los generales a los que militarmente se les podía imputar responsabilidad, tampoco tiene garantizada el estudiante una nota decente. El único 5 lo tendrá quien conteste la misma respuesta que ante esa pregunta daría la profesora.

Pero resulta que, hoy por hoy, no existe ninguna evidencia de que el presidente Uribe o Santos, su ministro de Defensa, hubieran provocado, auspiciado, ordenado o consentido los asesinatos, como sí hay evidencia de que entre los dos les pusieron fin.

Por último, la profesora les pregunta a los estudiantes: “¿Por qué es necesario que se sepa toda la verdad de lo que pasó en el conflicto armado?”. Y para su respuesta, por obvia que sea, les sugiere investigar fuentes que están inspiradas en un solo sentido ideológico.

Como formadora de una generación, la profesora Sandra Ximena Caicedo tiene que ser neutral, y no enseñar condicionada por su visión de la vida.

Está muy bien que ausculte la visión crítica de los estudiantes. Pero eso es diferente a catequizar. Que no los ponga a emitir las condenas que ella tiene preconcebidas, como si fueran las de los estudiantes, sobre hechos de los que todavía ni la justicia ni la historia ofrecen certezas. Porque el taller no terminaría plagado de interesantes preguntas. Sino de infundados veredictos.

Entre tanto... Qué vida tan apasionante la del desaparecido príncipe Felipe, duque de Edimburgo. Para nada despreciable la historia de sus 99 años de vida.

MARÍA ISABEL RUEDA

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