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Eternos desplazados

Eternos desplazados

¿Cuál es el grado de fidelidad, de infiltración o venta al enemigo de nuestras fuerzas de seguridad?

25 de julio 2021 , 02:46 a. m.

Apenas digeríamos el horror de los exmilitares colombianos que se prestaron a la misión de asesinar al presidente de Haití cuando nos cayó otro baldado de agua fría: el del capitán retirado y pensionado del Ejército Andrés Fernando Medina Rodríguez, quien dirigió el ataque con carro bomba contra la Brigada 30 del Ejército el 15 de junio en Cúcuta, además como un señuelo para que el presidente Duque se desplazara a la zona, y atentar contra su vida.

Rápidamente el fiscal Francisco Barbosa y su equipo desentrañaron los misterios de esta misión. Los francotiradores se instalaron perfectamente para disparar contra el helicóptero del presidente Duque, gracias a los conocimientos del capitán Medina, alias el Capi, como piloto de Black Hawk. Revela, incluso, que hubo que comprar policías para los preparativos.

Pero lo que más enreda al ‘Capi’ es el video que en el episodio del carro bomba en la Brigada 30 había grabado con su teléfono: “Aquí están los gringos; aquí, los generales; aquí, el comandante de la Brigada; allá funciona la inteligencia”; y “abuelita, en aquella esquina dejaremos el paquete” (lugar exacto donde el carro bomba explotó).

Un capitán hasta hace poco activo, y que actualmente recibe pensión del Ejército, tuvo la sangre fría de atentar contra sus compañeros, con quienes mantenía lazos de familiaridad, a juzgar por la facilidad con la que entraba y salía de la Brigada 30, lo cual nos obliga a hacer una profunda reflexión. ¿Cuál es el grado de fidelidad, de infiltración o de venta al enemigo de nuestras fuerzas de seguridad?

Es obvio que el capitán Medina, perpetrador principal, no es el autor intelectual de los dos atentados. Una organización muy poderosa se encuentra detrás y cualquier cosa que podamos aventurar sobre su identidad se queda corta. El complot puede haber tenido origen desde en un plan internacional línea ‘revolución molecular disipada’, que por ahora ha producido más burla que susto, hasta en una alianza Farc-Eln, o en cada uno actuando por su lado; o en todos aliados con el Gobierno de Venezuela, en el marco del negocio del narcotráfico.

Pero, además, entender por qué un soldado colombiano, al que le inculcan el honor y la defensa de la patria antes que el hábito de lavarse los dientes, termina o dejándose infiltrar o vendiéndose al mejor postor una vez se produce su retiro de la institución es en lo que deberían concentrarse nuestras reflexiones.

Recientemente el ministro de Defensa, Diego Molano, me explicaba que un año antes de su retiro comienza la preparación del soldado para su vida por fuera de la institución, luego de 20 años de servicio. Se les garantiza salud a él y su familia, acceso a vivienda, beneficios en cajas de compensación, dotación y recreación, una asignación de retiro de $ 1’600.000, aproximadamente, y cursos de formación del Sena.

En EE. UU. son mucho más generosos. Allá, un soldado cuenta con su salud completamente cubierta, educación gratuita, pensión del 40 % de su sueldo, descuentos tributarios, rebajas en grandes cadenas y preferencias en licitaciones municipales, entre otras.

La cruda verdad es que un soldado en un país en conflicto bélico como Colombia ha sido preparado durante gran parte de su vida profesional para matar. ¿O acaso qué hace un francotirador entrenado luego de estar 20 años practicando ese oficio? Buscar trabajos afines en Colombia o en cualquier lugar del mundo donde le garanticen unos años más de vida profesional, a sus escasos 40 años. Retirado el soldado de su institución, esta pierde cualquier ascendiente sobre él. Seguirá la vida por su cuenta. Pero no hay antecedentes, por lo menos que yo conozca, de un oficial que, con formación de capitán del Ejército, haya estado dispuesto así no más –desde luego, muy seguramente, a cambio de una gran suma de dinero– a matar a sus compañeros soldados y a su presidente. Lo más cercano fue el caso del coronel de la policía Danilo González, pero sabíamos a quién se le vendió: al cartel de Cartago en los años 90.

¿No habrá llegado la hora de revisar a fondo qué tipo de soldados estamos devolviéndole a la sociedad? ¿Tendrán la armadura suficiente para resistir las tentaciones, las malas compañías, la jugosa invitación a genocidios o a lucrativas aventuras narcas?

Tenemos que reflexionar acerca de cómo logramos que los conceptos de honor y de patria recuperen su profundo contenido, en lugar de convertirse en mercancía que se ofrece al mejor postor en el manual mundial del mercenario. Ah. Y establecer la identidad del autor intelectual.

Entre tanto... Aunque la sentencia tiene vacíos, la Corte Constitucional por fin reconoció que somos los dueños de nuestras propias vidas; después, cada uno se entenderá, si quiere y si cree, con “aquel” del más allá.

MARÍA ISABEL RUEDA

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