En la tras escena del coronavirus

En la tras escena del coronavirus

Aunque el presidente Duque ha tomado buenas medidas, las ha transmitido de la peor manera posible.

22 de marzo 2020 , 01:09 a.m.

Para que no crean que litigo en causa propia, confieso que me faltan varios añitos para los 70. Pero no he podido empatar racional ni sentimentalmente con el confinamiento obligatorio que, durante casi tres meses, impuso el Presidente a los mayores de esta edad. Entre los cuales encontramos gente de toda índole.

Los hay totalmente capaces de trabajar, activos y brillantes, verdaderos sabios de la tribu. Y entre ellos, muchos que, si no lo hacen, no tendrían cómo sobrevivir, porque sus empleos no son compatibles con el teletrabajo. Los hay que son informales y si no pueden atender su tienda o su puesto callejero, puede que no se enfermen de coronavirus pero se mueran de hambre. Los hay que viven con sus familias, incluyendo hijos y nietos, en hogares donde, así el anciano mayor no salga a buscar el coronavirus, se lo llevan a sus casas sus seres queridos o su ayuda doméstica y médica. O todos en la cama o todos en el suelo. A un sector de la población lo están tratando discriminatoriamente. La salubridad de los adultos mayores ha puesto en marcha la conducta paternalista del Estado, pero drásticamente solo contra ellos, confinados del panorama como una generación de parias que estorban. ¿A los adultos mayores los vamos a ‘desaparecer’ tres meses del panorama porque son más vulnerables o porque son más contagiosos y ocupan más respiradores en los hospitales? Los jóvenes también se enferman del virus. Los niños lo contagian. La situación es ambivalente.

Dicho lo anterior, apenas a tiempo, el gobierno Duque recuperó su dirección en el manejo del orden público con el decreto en el que advirtió a gobernadores y alcaldes que no es que cada uno sea dueño de su pedacito de terruño para ejercer una autoridad dispersa, descoordinada e ineficiente de los recursos técnicos, económicos y humanos del Estado, que tienen un solo director: el Presidente.

Pero aun ese anuncio lógico y absolutamente necesario iba saliéndole mal al Gobierno. La vocería asumida por la ministra del Interior, Alicia Arango, para explicar los alcances del decreto fue por minutos, y luego por horas, complicando y confundiendo más las cosas. Que sí se mantendrían las medidas de los alcaldes y gobernadores. Que no, que sí, pero que no, que no, pero que sí.

La confusión llegó hasta a tocar las puertas de Bogotá, donde su alcaldía decretó un simulacro –que en realidad es un toque de queda pedagógico, pero toque de queda, al fin y al cabo, por su obligatoriedad–; pues tampoco se supo durante unas horas, por cuenta de la ministra Arango, si se mantenía o no. La alcaldesa Claudia López salió apresuradamente a decir que sí, y de manera inteligente reconoció la autoridad del Presidente para evitar una confrontación. Ella terminó haciendo todo lo que tenía planeado inicialmente. Pero ante la opinión pública, hábilmente presentó este confinamiento de cuatro días por la epidemia como una medida concertada con el Gobierno de principio a fin, diluyendo una aparente rivalidad de poder entre los dos. Si hay que tomar medidas más drásticas, algo que puede pasar a muy corto plazo, que lo hagan concertadamente todo el tiempo, sin que parezca que una toma ventaja y el otro trata de alcanzarla.

Ante la peste, el liderazgo es imprescindible. Alguien que diga ‘el camino es por acá’. Muchos políticos –incluidos alcaldes, gobernadores, congresistas y las huestes petristas– han tratado de sacarle provecho político a la emergencia. Qué oportunismo tan repudiable. Y no excluyo de ello a Claudia López, pero es a la que menos se le ha notado. Porque con su enorme capacidad de comunicar, solo igual a la de Álvaro Uribe en sus épocas de gloria, ha demostrado estar al mando y haber sido la primera mandataria en ponerse en ‘modo virus’, y ella misma no oculta, sin falsas modestias, su liderazgo nacional, con frases como “gracias a la iniciativa que tomamos, hoy nos acompañan Meta, Santander, Cundinamarca y Boyacá”.

Aunque el presidente Duque ha tomado buenas medidas, las ha transmitido de la peor manera posible. Una confrontación entre él y la primera autoridad de Bogotá y otras autoridades departamentales y municipales, que alcanzamos a intuir que ocurría pero que por fortuna por ahora no se da, sería absolutamente dañina en medio de esta delicada emergencia nacional. Confrontación no hubo entre Duque y la alcaldesa, pero, por desgracia, la comparación es inevitable.

Entre tanto… Qué mal ejemplo el del alcalde de Popayán ocultando su viaje a España y abrazándose y besándose con el gabinete ministerial y con los alcaldes y gobernadores del país. Merece todo el peso de la Procuraduría, y quién sabe si hasta del derecho penal.

MARÍA ISABEL RUEDA

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