El tono de Duque

El tono de Duque

Propuestas del uribismo extremo causan daño porque casi no conocemos el tono presidencial de Duque.

09 de junio 2019 , 12:00 a.m.

Con simpatía se le dice fuego amigo. Son las consecuencias que tiene que asumir el presidente Duque como producto de propuestas a veces lunáticas, otras inoportunas y muchas salidas de tono de los miembros del uribismo extremo, que se la pasa cobrando que ganó las elecciones, aunque sacó 2 millones de votos y Duque, 10 millones.

Le hacen un gran daño al Presidente porque casi no le conocemos su tono presidencial. En dos o tres oportunidades en las que lo he escuchado en recintos privados, siempre improvisando y no leyendo teleprónteres, me consta que es capaz de conmover profundamente a sus audiencias. No dice bobadas ni cosas que no le salgan del alma. Pero por alguna razón, que es el motivo de esta columna, su tono no se escucha.

Creo que una causa principal es la estridencia general del uribismo. A este gobierno, por ejemplo, desde fuera lo acusan de que quiere acabar con la paz, lo cual no es cierto. De que quiere sacar del Congreso a los miembros de la Farc, cosa que tampoco es cierta. De que quiere volver a organizar como estrategia militar los ‘falsos positivos’: falso. Pero dos muy importantes y preocupados periódicos internacionales dieron como cierta esa tesis y nos hicieron blanco de sendos informes orquestados desde algún sector, aprovechando la división del Ejército creada por las lealtades a Juan Manuel Santos y a Duque, que andan sacándose los clavos.

No hay duda: Santos trabajó el frente externo de manera minuciosa y detallada. Tras el parapeto del proceso de paz, dejó al mundo convencido de que Colombia era otro país, y todo lo que se sale de ese falso marco de perfección, armonía y paz, y de palomas volando por el cielo, se lo achacan inevitablemente a Duque.

Pero la tapa de todas las tapas sí fue la carta que esta semana le envió al Gobierno la relatora especial de la ONU sobre ejecuciones extrajudiciales, en la cual dice: “Instamos al Gobierno colombiano a que deje de incitar a la violencia contra los desmovilizados de las Farc”. Eso, además de ser una infamia, viola infundadamente la neutralidad de la organización. La ONU no muestra ninguna prueba de la barbaridad de que este gobierno esté promoviendo la eliminación física de los líderes sociales.

Semejante carta la respondió un buen funcionario de Palacio de segundo o tercer nivel, cuando ameritaba la reacción, como mínimo, del embajador de Colombia ante la ONU, Guillermo Fernández de Soto, o, incluso más apropiado, del propio canciller Carlos Holmes Trujillo. Pero él, que sigue confundido de interlocutor, estaba ocupado visitando editores en el NYT, donde por cierto fue tan convincente que hasta logró que llamaran de columnista a Daniel Coronell.

Luego arrancó varios días para Rusia, quién sabe a hacer qué. Pero tuvo que salir recién llegado a rectificar al canciller ruso, quien en rueda de prensa habló de “perspectivas de nuevos suministros de equipamiento bélico de Rusia a Colombia”. Y, al día siguiente, porque le dijo mafioso, a rectificar a Diosdado Cabello, a quien nadie rectifica ya más por falta de idoneidad moral y política, y por física inutilidad. Y menos había que viajar a Rusia para hacerlo desde allá.

Y así están las cosas. Duque, teniéndose que defender hacia fuera, sin una estrategia internacional clara, de las voces que lanzan desde adentro los ultras del uribismo, y no han dejado que se le oiga su propio tono de voz.

Pero el plano internacional no es el único en donde todavía no lo oyen. En el interno no son pocos los medios y comentaristas empeñados en demoler la imagen presidencial. ¡Le reprochan, incluso, el intento de rescate de la moralidad pública al haberse resistido a repartir ‘mermelada’ a mano llena en el Congreso! Como afuera, adentro también le cobran a Duque los errores, los extravíos, la beligerancia y hostilidad de los uribistas extremos.

Y esta es la hora en que la opinión no deja de valorar el gabinete presidencial con gran frialdad. Si Duque lograra comunicarse en su propio tono, quizás la equivocada percepción de muchos de que no hay gobierno comenzaría a cambiar. Pero, para eso, el uribismo tiene que calmarse y abandonar ideas extremas, imposibles de ejecutar y que distorsionan la verdadera imagen del Gobierno, como la de un loco referendo para tumbar la JEP y sacar a la Farc del Congreso. Eso ya es historia patria, y nos fuimos así.

Pero, en cambio, el país tiene problemas vigentes, viejos y frescos, sobre cuyas soluciones los colombianos esperamos oír los planes del Presidente, explicados... en su propio tono.

Entre tanto... ¿Qué vamos a hacer los colombianos con tanto libre desarrollo de personalidad que nos decretó la Corte?

MARÍA ISABEL RUEDA

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