El niño y el Papa

El niño y el Papa

Francisco deja muy comprometida a la Iglesia hacia el futuro.

01 de septiembre 2018 , 11:47 p.m.

El testimonio que se conoció la semana pasada del exnuncio apostólico en EE. UU. monseñor Carlo Maria Viganò, consignado en una carta de 11 páginas, me pareció francamente devastador. Porque en él acusa al propio papa Francisco de haber sido cómplice de las aberraciones del arzobispo emérito de Washington, Theodore McCarrick.

Monseñor Viganò explica que en épocas del papado de Benedicto XVI, él mismo escribió sendas cartas a sus superiores, en 2006 y 2008, denunciando un secreto a voces: que en el seminario, desde finales de los años 80, el arzobispo compartía su cama con seminaristas e invitaba de a cinco cada vez para que pasaran el fin de semana en su casa de playa. “Los hechos eran tan abominables que provocaban desconcierto, repugnancia, profunda pena y amargura. Incitación a actos obscenos de seminaristas y sacerdotes, repetidos y simultáneos con más personas; absolución del cómplice de los actos obscenos; celebración sacrílega de la eucaristía con los mismos sacerdotes después de cometer los hechos”. En algún punto, su santidad Benedicto decidió imponerle sanciones a McCarrick: que se fuera del seminario donde vivía, que no podía celebrar en público, dar conferencias o viajar. “Yo mismo le comunique a McCarrick sobre estas medidas del papa Benedicto. El cardenal, farfullando de manera incomprensible, admitió que tal vez había cometido el error de dormir en la misma cama con algún seminarista, pero lo dijo como si el hecho no tuviera la más mínima importancia”.

Pero, oh sorpresa. McCarrick reapareció en el escenario a los pocos días de haber sido escogido el papa Francisco. El secretario del Estado Vaticano, monseñor Parolin, comenzó a designarlo en misiones internacionales. McCarrick siguió organizando encuentros con jóvenes que creyeran tener vocación para el sacerdocio. Y tres meses después se lo encontró en el propio Vaticano, donde McCarrick le dijo a Viganò, con un tono entre ambiguo y triunfante: “El Papa me recibió ayer; mañana me voy para China. Entonces yo no sabía de su larga amistad con Bergoglio y del importante papel que había jugado en su elección”.

Al día siguiente, el Papa le preguntó a Viganò si conocía a McCarrick y este le respondió: “Hay un dosier así de grande sobre él. Ha corrompido a generaciones de seminaristas y sacerdotes, y el papa Benedicto le impuso retirarse a una vida de oración y penitencia”. A pesar de esta información, a McCarrick se le permitió seguir viajando libremente, dando conferencias y entrevistas, y fue el consejero más escuchado en el Vaticano para las relaciones con el gobierno Obama.

Hoy, en Honduras, está a punto de repetirse el escándalo de dimensiones descomunales de pederastia de Chile, donde prácticamente Francisco insultó a las víctimas de los abusos, y solo cuando se vio obligado, por el clamor de los medios y de las víctimas, a pedir perdón, dijo que había sido mal informado.

No es el caso de McCarrick, porque, según Viganò, él personalmente se lo informó muy bien a Francisco desde el 23 de junio del 2013: que era un depredador en serie. Se necesitó que ‘The New York Times’ publicara la denuncia de un joven que lo acusó de abusar de él cuando era menor de edad, y durante dos décadas, para que el Papa resolviera actuar: y como hizo su antecesor, Benedicto, nuevamente lo confinó a una vida de oración y penitencia.

Francisco logró salvaguardar su imagen mediática, pero deja muy comprometida a la Iglesia hacia el futuro. Si esta no se sacude, se va a ir muriendo. Poco o nada ha intervenido en el desplazamiento de miles de habitantes del mundo y de este continente. El Papa manda a los gais al siquiatra, como si estuvieran enfermos. Las mujeres siguen excluidas de los ritos litúrgicos. El celibato no es una opción y el matrimonio de los sacerdotes ni siquiera se plantea. Sobre el aborto, siguen enredados en ese límite entre el material biológico inerte y el que ya está estructurado hacia la vida. En el tema de planificación familiar siguen pensando como hace siglos.

Y lo peor, como dice el arzobispo Viganò, es que en la Iglesia “impera la omertá”, con la que obispos y sacerdotes se han protegido de sus crímenes. “Omertá no muy distinta a la que se encuentra vigente en la mafia”.

Viganò ha pedido la renuncia de Francisco. Por ahora, el Papa dice que no va a responder.

Entre tanto... Al paso que vamos, la disidencia de las Farc va a terminar siendo su partido político.

MARÍA ISABEL RUEDA

Columnistas

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