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El energúmeno

El energúmeno

¿A qué horas se nos perdió el César Gaviria Trujillo que nos gustaba y a quien tanto admiramos?

01 de mayo 2021 , 11:59 p. m.

Conocí relativamente bien a César Gaviria Trujillo, presidente de Colombia entre 1990 y 1994.

Mantuve con él una relativa amistad periodística. Había colegas que se permitían el lujo de aconsejarle incluso que usara unas medias más larguitas, porque las suyas eran deplorables y siempre terminaban poco elegantemente escurridas sobre sus zapatos. Pero ninguno de nosotros se atrevió nunca a recomendarle que no intentara desenredar en el aire las habichuelas amarradas por una tocineta que el presidente blandía en el aire con un tenedor, salpicando a sus contertulios en el comedor de Palacio.

Alguna vez que coincidimos, disfruté mucho que nos fuéramos de compras por las librerías de Nueva York. Fuimos juntos a una de las últimas corridas de toros que hubo en Bogotá. Y hasta le hice el homenaje de viajar a Washington a acompañarlo en su posesión como secretario de la OEA.

Esta amistad hizo fácil que me abriera el corazón aquella tarde en la que fui a entrevistarlo luego de la huida de Pablo Escobar de la Catedral. Delante de mí, lloró de la rabia.

A mí me pareció un buen presidente y le admiré muchas cosas. Había llegado al cargo por una mezcla de azar e innegable talento político. En el gobierno Barco fue ministro de Hacienda y del Interior, luego de un excelente manejo (a propósito) de la reforma tributaria de 1988. De allí saltó a la jefatura de debate de la campaña Galán, hasta que lo mataron, y su hijo Juan Manuel lo ungió como heredero. Era y fue, aun como presidente, hombre de provincia. Tímido, poco locuaz y reservado. Tenía grandes habilidades como conciliador. Del gobierno Barco venía de hacer grandes cosas, como negociar la paz con el M-19, que luego se consolidó en la Constituyente, con la séptima papeleta gestada en el gobierno Barco. No faltan quienes le reclaman haber incluido en ella la prohibición de la extradición, bandera y motivo del asesinato de su mentor, Galán. También, haber instalado a Pablo Escobar en la Catedral, donde vivió como un rey y se fugó cuando quiso. En su gobierno le tocó lidiar con el famoso apagón, fruto de muchos años de desidias en política energética. Sus posiciones sobre la economía eran claras y sólidas. Con mano firme se metió en la apertura económica, sin la cual hoy, quizás, Colombia estaría peligrosamente rezagada, aunque en su más reciente libro (de lectura deliciosa por cierto), su exministro de Hacienda, Rudolf Hommes, reconoce que se pudieron haber equivocado en la premura con la que abrieron la economía en el sector agrario, que no estaba preparado.

Pero desde su estancia en la OEA, el César Gaviria que conocimos como presidente comenzó a cambiar. (Para comenzar, se volvió locuaz.)

Doy un salto al tiempo presente. Angustiado por el futuro del liberalismo, se apropió de su jefatura y ha cometido errores graves de cálculo político, como apadrinar candidatos sin peso electoral solo por motivos de amistad, que llevaron al liberalismo a las peores derrotas en su historia. Eso condujo a que varias promisorias figuras liberales, entre ellas los Galán, se le salieran de sus filas.

La metamorfosis de Gaviria lo fue volviendo cada vez menos estadista y cada vez más perfilado en el mundo de los negocios de combustible, de construcción y del comercio de arte. Pero esos son cambios normales de aficiones para alguien que ya fue presidente y que, en teoría, debería estar por encima del bien y del mal.

Lo que es curioso resulta ser que el expresidente César Gaviria prefirió quedarse metido ahí. Entre el bien y el mal. A veces ayudando con su lucidez en los problemas del país, pero últimamente, con mayor frecuencia, comportándose como un energúmeno pendenciero, asustado de no poder conservar intacto el poder parlamentario liberal.

Lo que más lástima da es que uno de los hombres que mejor entienden la economía de este país es César Gaviria. Y en momentos en que Bloomberg está revelando que los bonos de la deuda colombiana ya están recibiendo el tratamiento de bonos basura, Gaviria se da el lujo de reunir a los liberales a ordenarles a gritos, con los ojos desorbitados, manoteando, y en voz de vibrato adornada de “gallos”, como un poseso, que hundan la reforma tributaria. Con una declaración insólita: que merecen el mismo miedo, o sea ninguno, el feroz asesino Pablo Escobar y un ministro como Alberto Carrasquilla.

¿A qué horas se nos perdió el César Gaviria Trujillo que nos gustaba, que aportaba y a quien tanto admiramos?

Entre tanto… Belisario Betancur decía que no sabía si él había sido buen presidente, pero que buen expresidente tenía la seguridad de que sí. ¿Podremos contestar lo mismo de César Gaviria?

MARÍA ISABEL RUEDA

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