El Ejército, fracturado

El Ejército, fracturado

¿Por qué un sector del Ejército está empeñado en enlodar al otro con escándalos mediáticos?

09 de mayo 2020 , 11:51 p.m.

Deja la impresión de que el Ejército colombiano está en picada, cada vez que publican los medios un nuevo capítulo de anomalías, que son siempre delicadas, pero que no solo se quedan en indelicadezas y conductas contractuales corruptas que deben perseguirse y castigarse. Sino que llegan a denuncias de seguimientos y chuzadas, que obviamente violan una cantidad de derechos e indignan y atemorizan a sus blancos, que generalmente provienen de orillas distintas al Ejército o al Gobierno.

El último capítulo fue el de los perfilamientos. No creo que en Colombia exista el tal ‘delito de perfilamiento’, que no requiere chuzar ni espiar, sino guardar entre un fólder información pública de la gente. Lo que más me aterró es que, supuestamente, los perfilamientos obtenidos sean el paupérrimo material con el que trabaja la inteligencia militar para desactivar el crimen organizado. ¿A qué horas la inteligencia se embobó, se atolondró, se atontó o, mejor dicho, se acabó?

Todo parece arrancar desde cuando, para salvar la reelección de Santos, el fiscal Montealegre encontró a un tal ‘hacker’ que embaucó a la campaña de Óscar Iván Zuluaga, vendiéndole ‘inteligencia’ sobre el proceso de paz que salía de internet. Santos, mártir de la paz, ganó; Zuluaga, victimario, perdió, y más nada pasó. Pero algo ebullía por dentro.

Las filtraciones continuaron. En lugar de que fuera el aparato militar, por su conducto regular, el que recibiera las denuncias sobre anomalías, como la muy discutible de que unas planillas torpes o mal redactadas incitaban a los ‘falsos positivos’, según teoría que nos metió ‘The New York Times’, ‘Semana’ reveló que adentro les ofrecían dinero, permisos y vacaciones para encontrar a los sapos internos. Todo esto sonaba horroroso. De esas investigaciones no sabemos nada, a no ser que los oficiales separados de sus cargos esta semana por el ministro de Defensa correspondan a esas denuncias, y no a las últimas sobre ‘perfilamientos’. No nos lo han dicho.

Pero la pregunta central sigue siendo por qué un sector del Ejército está empeñado en enlodar al otro, con escándalos mediáticos que logran hacer el daño.

Es imposible seguir ocultando que lo que hay es una muy profunda fractura en el Ejército, heredada del gobierno anterior, y que no se ha podido resolver bajo el actual.

En un plan cuidadosamente montado, se resolvió que el comandante de las Fuerzas Militares, general Alberto Mejía, depuraría el Ejército de sus “malas fichas”. Se acabó el gobierno Santos, y Duque lo mandó de embajador a Australia. Pero antes, bajo la falsa idea de que con la firma del Colón en Colombia se había acabado la guerra, comenzaron a desmontarse batallones, brigadas móviles, a desactivar la inteligencia y a fortalecer la contrainteligencia, y fueron instalando su rosca en los altos mandos.

Eso se les frustró un poco con la llegada del general Nicacio Martínez, quien impidió que al cargo de comandante del Ejército llegara un ‘cachas’ de Mejía, el general Salgado, actualmente en funciones en Chile, y sobre el que recayeron las sospechas de ser fuente principal de las primeras filtraciones mediáticas. Lo curioso del caso es que el general Jaime Alfonso Lasprilla, excomandante del Ejército Nacional, sí puso a disposición del entonces ministro de Defensa, Luis Carlos Villegas, a finales de 2017, 7 carpetas con 1.278 folios por la comisión de posibles hechos graves cuando Mejía fungió como comandante de la División de Aviación del Ejército Nacional. Ahí no hubo escándalo mediático, a pesar de que internamente se comentaba que estábamos ante “el Odebrecht de la aviación militar”. No conozco, si la hubo, actuación o respuesta del ministro Villegas o de la Justicia Penal Militar. Con el cambio de gobierno, Nicacio intentó rescatar la asolada inteligencia del Ejército, y hoy lo tienen contra las cuerdas de la Fiscalía.

¿En qué anda ahora el otro grupito de marras? Tratando de asegurarse el acceso al poder, al presupuesto y mantener el dominio de la contrainteligencia, con proyección a los próximos 15 años. Dicen que Mejía aspiraría a ser ministro, e insiste en promover a Salgado como su mano derecha como comandante general. Pero el general Zapateiro, comandante del Ejército, va a ascender a general de 4 soles, y para pararlo y despejarle el camino a Salgado deben producir rapidito otro escándalo mediático (¿operación Bastón?).

Mientras juegan con la inteligencia militar a hacer perfilitos, el Eln crece, se calcula que ya tiene más de 4 mil hombres; el narcotráfico crece, las bandas criminales crecen.

Y el problema es que terminará ganando en el Ejército no el que tenga la razón, sino el que domine la pelea en los medios.

Entre tanto... La palabra final la tienen el Presidente y el ministro de Defensa.

MARÍA ISABEL RUEDA

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