Dejemos de tumbar a Duque (2)

Dejemos de tumbar a Duque (2)

Estamos obligados a apoyar al Presidente en su empeño de proteger la legalidad.

07 de abril 2019 , 12:48 a.m.

No es exagerado decir que durante los últimos días, el país ha tenido una sensación de desgobierno. No solo porque la carretera Panamericana lleva 24 días bloqueada a la fuerza por la minga indígena, con el consecuente desabastecimiento de alimentos y medicinas en Pasto y Popayán, que ya parecen ciudades venezolanas; por las millonarias pérdidas para el comercio, el transporte y la industria; por los desórdenes terroristas incubados desde las universidades por estudiantes y no estudiantes, y por las sospechas fundadas de que aquí hay claros intereses desestabilizadores.

Sobre el desgobierno, podría decir que es más la sensación que la realidad. Bajo la advertencia de que no irá a encontrarse con la minga hasta que cesen las vías de hecho, para dejar establecido desde muy temprano en su gobierno que no lo podrán extorsionar bajo estos métodos, el presidente Duque envió una misión negociadora, encabezada por la ministra del Interior, el alto comisionado para la Paz y la directora de Planeación para que de aquí surja un acuerdo negociado lo más pacíficamente posible. Las dos mujeres de la comisión han tenido que enfrentar el ancestral machismo de estas comunidades indígenas, que no saben, porque no les gusta, negociar con mujeres. Inteligentemente, desde un comienzo, rechazaron instalar la mesa en plena minga. Escogieron corregimientos en donde no estuviera vedada la presencia de la Fuerza Pública, para que no les pasara lo mismo que al exministro de Agricultura Iragorri, quien, en su última negociación, terminó echando vivas a la guardia indígena, sitiado por la sensación de soledad en medio de su anillo. Por primera vez, los indígenas han estado sentados ante una misión negociadora que no le dice sí a todo. Los paros anteriores, sin excepción, fueron “comprados” durante gobiernos pasados con tal de quitarse esta pesadilla de encima y dejar la sensación de que sí gobernaban.

Si se sienta este precedente, podría ayudarnos en los difíciles días que se vienen por delante cuando desde finales del gobierno Santos se sabía que pasaríamos rápidamente del conflicto armado al conflicto social. Del grupo de Petro hemos escuchado la advertencia: “Estas marchas van a ser continuas, vamos hacia el paro cívico nacional. Esto no es de un día, son cuatro años sostenidos de lucha en las calles”. Si así de advertidos como estamos permitimos que el derecho legítimo a la protesta venga siempre antecedido por las vías de hecho, este país, ahí sí, será rápidamente ingobernable.

Con un detalle adicional: en la forzada invitación al Presidente figura un menú para hacerle un juicio político, que incluye política de ‘fracking’, de páramos, mortandad de peces en Hidroituango, objeciones a la JEP, intromisión indebida de Colombia en Venezuela, restricción de vuelos de drones, aviones y helicópteros por las zonas indígenas, y la obligación de retomar ya los diálogos con el Eln.

El Presidente ha mostrado una autoridad serena. Lo más importante es que no ha oído los cantos de sirena del ala radical de su propio partido, el Centro Democrático, cada vez más desmarcado, de que impulse ya acabar con los diálogos y romper a la fuerza el bloqueo de la Panamericana. Presidente, ese derramamiento de sangre no nos lo perdonaría la historia. ¿Cómo explicarles a las futuras generaciones un ataque militar contra cientos de indígenas armados escasamente con sus bastones –porque los que tienen las armas, ajenos o no a las comunidades, actúan encapuchados y disparan desde el monte o se toman las aulas universitarias para instalar fábricas de brutales artefactos artesanales de guerra–? Esa foto, por lo menos yo, no la quisiera ver nunca.

El único consejo válido es el del expresidente Uribe: para evitar un bloqueo, el truco es… llegar antes. ¿En este caso, habremos fallado en esa previsión?

La misión de la comisión negociadora es regresar a Bogotá con un acuerdo que hasta lo posible les haga borrón y cuenta nueva a todos los incumplimientos anteriores, que, al cierre de esta columna, no se habían alcanzado.

Estamos obligados, duquistas y no duquistas, a apoyar al Presidente en su empeño de proteger la legalidad. Es el único seguro para el futuro de un país de protesta social diaria que ya se nos está viniendo encima. De manera que acojo las palabras de la última columna del Maestro Osuna y propongo: Dejemos de tumbar a Duque.

Entre tanto... Por simpático que sea, al alcalde de Bucaramanga se le fueron las luces si cree que Pablo Escobar fue un ejemplo de emprendimiento. ¿Qué se inventó: la fábrica de matar policías?

MARÍA ISABEL RUEDA

Sal de la rutina

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