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Cartas que se hacen llegar

Cartas que se hacen llegar

Apostaría a que fue el expresidente Santos quien sugirió a Timochenko dirigirle una carta a Duque.

Apostaría a que fue el propio expresidente Santos quien sugirió a Timochenko dirigirle una carta pidiéndole propiciar una reunión con Iván Duque. Todas las pistas conducen a una de sus famosas jugadas de póker.

Porque la extensa respuesta que escribe no está dirigida a Timochenko, sino a Duque. En el colmo de la egolatría, Santos califica de “chistoso” que en este gobierno no se mencione su nombre. Y sostiene que los asesinatos de los exguerrilleros y líderes sociales “no son culpa de los acuerdos, como lo quieren insinuar, sino de su falta de implementación”.

Santos no se salva de ello. Desde septiembre de 2016 la Fiscalía de la época, en cabeza de Néstor Humberto Martínez, prendió las alarmas al detectar “un grave reacomodamiento de las redes criminales en los territorios abandonados por las Farc”. El nobel prometió autoridad y orden. Llegar a esas zonas era la mayor responsabilidad del posconflicto. Pero no había pasado un mes de la firma del acuerdo, cuando la Fiscalía denunció que el Ejército se estaba retirando por completo de lugares claves como Caucasia, exdominio de las Farc. Bajo Santos quedó montada una guerra en marcha en el nordeste antioqueño, con brazos en Córdoba y Cauca, entre el ‘clan del Golfo’, ‘los Caparrapos’ y el Eln, que subsiste hasta nuestros días.

Prueba de que eso ya ocurría quedó por escrito. En editorial del 6 de septiembre de 2016, EL TIEMPO, en reflexión dirigida a Santos, afirmó que “la paz va mucho más allá del silencio de los fusiles. Tan difícil como el acuerdo con las Farc, será implementarlo”. La alarma la prendió el visible avance del Eln y las bandas criminales hacia las zonas de las que salían las Farc. “Este inquietante panorama era previsible. El Gobierno lo sabe, y por eso el Presidente señala que la Fuerza Pública tiene un plan totalmente definido para combatir a los grupos que pretendan llenar los vacíos que dejen las Farc”.

Dos años después de ese editorial llegó el nuevo gobierno. ¿Dónde estaba el tal plan? La inercia que traía el abandono de las zonas despejadas por las Farc y el caótico programa de erradicación voluntaria de coca fueron el legado que recibió Duque, mientras Santos se iba al retiro, abanicándose con el Nobel que se ganó negociando el acuerdo de paz. Que de implementarlo se encargaran los demás.

Desde entonces vienen expuestos los erradicadores de coca, líderes y defensores del medio ambiente, sometidos a la violencia de los nuevos grupos armados.

De manera que salir a responsabilizar únicamente al gobierno Duque de la avalancha de críticas y reclamos internacionales (que Santos menciona casi emocionado), para que se cumplan los acuerdos de paz, en particular el tema de seguridad que ya fallaba gravemente en su gobierno, es una vileza.

Bien sabe Juan Manuel Santos que así como él, tampoco Iván Duque quiere que maten líderes sociales ni excombatientes, por lo que resulta abominable este peloteo de culpas.

Murieron muchos bajo el anterior gobierno y siguen muriendo muchos bajo este. Resulta muy difícil definir, ubicar y proteger individualmente a los líderes sociales porque, en la práctica, esa descripción se aplica a miles de personas que trabajan por la comunidad en los departamentos, en los municipios, en los barrios. Inclusive en las cuadras. No es por indiferencia que esta tragedia pasó del gobierno anterior a este, sino por las dificultades prácticas de cómo controlarla. Además, no hay un plan de exterminio centralizado, sino diferentes conflictos locales con distintos actores.

Independientemente de si Santos le pidió la carta o le surgió de su propia inspiración, Timochenko la aprovechó para sacarse el clavo con el expresidente de la muerte del comandante histórico, ‘Alfonso Cano’. Revela en su carta que las Farc tuvieron pensado matar a Santos, pero que no les pareció “ético” en medio de una negociación de paz. La sorprendente respuesta de Santos es que no hubiera sido antiético que lo hubieran matado a él, pues las reglas de la negociación no incluían hasta ese momento parar la guerra. No sabíamos que la ética pidiera “tapo” durante unas conversaciones de paz. Toda muerte deliberada tiene de por medio una transgresión ética del derecho a la vida. Pero con tal de que no lo tachen de antiético, lo cual empaña el Nobel, Santos es capaz de ofrecer su cabeza, con espejo retrovisor.

Si es que se da la muy remota reunión que propone Timochenko en su carta, será para discutir cómo salvar el país que Santos le dejó a Duque. Y que es el mismo país, aunque Santos quiera que parezca que entregó un paraíso, al que están convirtiendo en el infierno.

Entre tanto… Semana de Petro: caducidad de la chuspa, Mencha, pasaporte verde y encuestas. Y olé.

MARÍA ISABEL RUEDA

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