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A Colombia nos la vistieron de represiva

A Colombia nos la vistieron de represiva

La verdad es que en las marchas hay una angustiosa confluencia de tres grupos.

08 de mayo 2021 , 10:51 p. m.

La pura verdad es que en las nutridas marchas que desde hace más de diez días vemos por Colombia hay una angustiosa confluencia de tres grupos.

Primero están los miles que, con todo derecho, se han volcado a las calles a protestar pacíficamente, en ejercicio de sus libertades. Ante ellos, el Gobierno no puede tener sino un mensaje: marchen todo lo que quieran y hablemos a ver en qué concluimos para ayudar.

Los segundos son los vándalos. Los que aparecen para destruirlo todo, incendiar las gobernaciones, las estaciones y los buses, para quemar vivos a unos policías dentro de su CAI, agarrar a piedra, a cuchillo o a bala a la autoridad o a los ciudadanos que intentan proteger sus propiedades. Esos vándalos son criminales, sin más. Que nos excusen la señora Bachelet, la ONU, la Unión Europea, ‘The New York Times’, el Parlamento alemán, pero un gobierno está obligado, en defensa de sus ciudadanos, a actuar como se procede en el mundo entero contra los vándalos irracionales: con toda la fuerza. Cuanta sea necesaria, de acuerdo con la intensidad de la agresión.

El tercer grupo es el de los que están bloqueando la locomoción de la gente, de los camiones de abastecimiento, de los buses, de las ambulancias. Este grupo cree que los derechos de los demás no existen, solo los de ellos. Ese bloqueo del país hay que romperlo a la fuerza, bajo una premisa simple: a mí, como Estado, usted no me puede hacer eso, y con mi autoridad no se lo voy a permitir.

Porque si en cada uno de estos escenarios no se empieza a hacer lo que toca, es decir, respeto absoluto con los del primero, rechazo y castigo a los del segundo y autoridad para los del tercero, correríamos el riesgo de que la gente pacífica, ya desesperada por la anormalidad, resuelva ella misma actuar violentamente, reemplazando a la autoridad que no está viendo actuar. Es que el vacío del Estado no es gratis.

Puede que no les falte algo de razón a los que creen que al Presidente le han hecho falta autoridad y liderazgo político. Pero hay que reconocer que le tocó manejar una situación sin antecedentes en Colombia, heredada en buena parte de la pandemia.

Pero el descontento social en Colombia viene de muy atrás. Lo logró barrer Santos debajo del tapete con su proceso de paz. Y aunque al Gobierno puede achacársele cierta demora en la negociación de las vacunas, la culpa de que ellas sean escasas tampoco es de Duque, aunque parte de la inspiración de las marchas sale de ahí. De la desesperación de la gente que se ve cada vez más pobre, confinada, asustada y hasta desesperada.

Duque aceptó retirar la reforma tributaria, demostrando su voluntad de ser flexible, después de haber cometido la equivocación de aspirar, en un momento como este, a un recaudo tributario de 25 billones de pesos, para mantener sus programas sociales. Entendiblemente resultó inviable.

Lo que sí es inexplicable es por qué Colombia quedó vestida ante el mundo como un régimen represivo, del corte de Nicaragua, Venezuela o Siria. ¿A qué horas fuimos derrotados políticamente en el ámbito internacional? La noticia en los periódicos y la que manejan los gobiernos es que en Colombia la policía está aniquilando al pueblo que protesta pacíficamente. Lo resume Petro a la perfección, con una alocución (como él bautizó rimbombantemente sus declaraciones públicas) en la que explicó que la policía “recorre las calles buscando a quién matar, a quién dañar sus ojos. A quién torturar y violar. A quién desaparecer”.

Y esa no es la verdad.

Tampoco lo es que Iván Duque sea el promotor de una represión oficial que se está incrustando en Colombia. Hasta sus enemigos reconocen que está más lejos de parecerse a un Pinochet que al presidente bonachón y hasta ingenuo que es.

Pero, además, Duque se está quedando preso de una cantidad de contradicciones. La principal, la destrucción de la escasa infraestructura pública, la carestía por desabastecimiento de víveres e insumos y el cierre de empleos, todo ello contra lo cual precisamente quería protestar la marcha. Los bloqueos, a su vez, disparan el contagio y ocupan con los heridos de las marchas las pocas camas libres.

Duque no es culpable de la mayoría de esta cadena de hechos desafortunados. Pero no ha tenido manejo para evitar que en el frente internacional estén convencidos de que el Gobierno ha autorizado que la policía colombiana aniquile a su población. ¿A qué horas perdimos tan inútilmente esta batalla?

Entre tanto... ¿A los que nos gusta la estatua de Gonzalo Jiménez de Quesada no se nos reconocerá el derecho de que permanezca erguida en su plazoleta?

MARÍA ISABEL RUEDA

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