Los criterios de selección del nuevo director del CNMH

Los criterios de selección del nuevo director del CNMH

La independencia intelectual debe ir acompañada de la disposición a escuchar a las víctimas.

23 de noviembre 2018 , 08:40 p.m.

Escribo estas líneas aunque muchos digan que no tengo la distancia necesaria para hacerlo. Pertenecí durante seis años a la Dirección del Centro Nacional de Memoria Histórica, como parte del equipo que trabajó bajo la orientación del historiador Gonzalo Sánchez, director saliente

Me presento: he sido profesora en la Universidad de los Andes y, en la Universidad Nacional de Colombia, directora del Departamento de Ciencia Política de la primera y directora de la Maestría en Estudios Políticos del Iepri en la segunda. Toda mi vida profesional ha transcurrido en universidades, y por esta razón comprendo los criterios que están en juego cuando la Presidencia de la República escoge un nuevo director para el CNMH. Y quiero exponer ante la opinión pública, en un ejercicio de transparencia y argumentación, por qué no los comparto.

Lo primero que debo decir ante los dos nombres que han circulado, el del señor Mario Javier Pacheco y el del profesor Vicente Torrijos, es que los criterios para su escogencia van en contravía, ambos, de la autonomía e independencia académica requeridas para dirigir una institución cuya vocación no es hacer un relato militante exaltando a uno de los actores involucrados para hundir y desacreditar a los otros. Un relato histórico no es un panfleto, o solo lo es en la peor de las circunstancias, cuando un Estado pretende acaparar el mundo de la investigación para que solo sea caja de resonancia de sus creencias. Es decir, cuando se desliza hacia posturas totalitarias.

La autonomía y la independencia académica a las que me refiero no presumen que el científico social sea neutral ante los hechos. Nuestros valores y trayectorias en la vida siempre dejan huella en la mirada que posamos sobre el mundo. Pero sí exigen que seamos lo más honestos posibles para reconocer las verdades incómodas que van emergiendo de una investigación hecha con rigor. Esta honestidad no rima con militancias a ultranza que, por lo general, exigen lealtades y obediencias ciegas a verdades manufacturadas de manera estratégica para vencer supuestos enemigos en las “nuevas guerras del siglo XXI”.

Es más: cuando el proceso investigativo no se ciñe a preceptos de independencia intelectual, corre el riesgo de culminar en situaciones como las que describe Andersen en su cuento El traje nuevo del emperador: todos los ministros y aliados del emperador, por esa falta de rigor e independencia del poder, lo llevaron al ridículo aplaudiendo un traje inexistente.

Orientar el proceso de escritura del relato histórico hacia fábulas cómodas pero engañosas puede dar a los interesados la sensación de haber alcanzado victorias definitivas, cuando en realidad lo que han hecho con esa manipulación es atentar contra el carácter pedagógico y edificante que puede llegar a tener la investigación histórica.

Para salir de la degradación moral en la que nos han hundido cincuenta años de conflicto armado, producto de las trasgresiones de las normas que nos hacen humanos por parte de todos y cada uno de los actores, necesitamos al frente de esa institución un intelectual capaz de señalar esas trasgresiones, sin concesiones.

Más aún, en un proceso de esclarecimiento histórico que pretende reparar a las víctimas, la rectitud e independencia intelectual deben venir acompañadas de una trayectoria que traduzca la sensibilidad y la disposición a escuchar a las víctimas de todos los actores del conflicto, sin sospechas. Solo desde esa amplitud de mirada es posible suscitar en las víctimas y sus organizaciones la confianza necesaria para depositar su palabra, sus archivos y sus sueños en la institución, pues solo así logran las garantías de que su testimonio y sus archivos encontrarán un uso respetuoso en los términos y restricciones con ellas acordadas.

¿Cómo puede una persona como el profesor Torrijos, con varios contratos con la Fuerza Pública y medallas y reconocimientos de la Escuela Superior de Guerra, fungir con independencia el cargo que se le encomienda? ¿Cómo puede un académico afirmar sin rubor que las violaciones de los derechos humanos por agentes de Estado son producto de graves desórdenes mentales, cuando ya nadie en las ciencias sociales acude a semejantes argumentos? Más aún, ¿cómo puede una persona que se presenta como doctor titulado, pero que nunca culminó sus estudios doctorales y, por tanto, no tiene el título, dirigir una institución que pretende correr velos y develar mentiras?

* Exasesora, Dirección del CNMH

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