Nuestras ‘Romas’

Nuestras ‘Romas’

El servicio doméstico es un legado colonial anacrónico, pero en Colombia está lejos de extinguirse.

25 de enero 2019 , 07:00 p.m.

Durante veinte años la buscó. Cada cierto tiempo ponía su nombre y el apellido en el buscador de internet. En los resultados aparecían imágenes que no eran ella; no podía ser, así no se veía su segunda madre cuando la vio por última vez. A su familia le preguntaba con frecuencia si no habían recibido indicios, noticias sobre Isabel.

El día de su boda, como el regalo más hermoso, la joven recibió un mensaje: “Apareció Isabel, la encontramos a través del registro del Sisbén”. La joven se echó a llorar al saber que su niñera, que en realidad la crio y estuvo a su lado durante catorce años, estaba viva. La historia de Isabel, en la que niños de clase media y alta son criados por mujeres mulatas, sigue siendo una realidad en Colombia.

Las empleadas domésticas son como sombras de estas familias que se las llevan de una ciudad a otra, convirtiéndolas en dependientes de por vida.

A esas mujeres se las suele privar de una educación, de un sistema de salud, de una mínima autonomía económica. No pueden salir de casa excepto los domingos, su disponibilidad es casi total, y eso les impide formar su propia familia y crear sus propias amistades.

Las empleadas domésticas son como sombras de estas familias que se las llevan de una ciudad a otra, convirtiéndolas en dependientes de por vida. Cuando una de ellas –como Isabel– decide irse, cae automáticamente en la pobreza absoluta.

Una de las cosas que más le dolieron a la joven al saber que su niñera había aparecido fue saber que pasó años de trabajo vendiendo dulces en las calles y, al final, vendiendo mangos en jornadas de doce horas diarias. Arrastrar un pesado carro metálico cuesta abajo y cuesta arriba le había causado dolores crónicos que no la dejaban dormir.

Roma, la película de Cuarón, reproduce con una poderosa sencillez cómo se entretejen esas relaciones entre una familia y una mujer que se convierte en su empleada doméstica. El lazo que crean los niños, incapaces de ver el aspecto laboral del vínculo; la aman como a otra madre. Tampoco ven esos niños que ese sistema del trabajo doméstico, herencia de un sistema colonial, reproduce aún hoy diferencias sociales basadas en la explotación y la falta de oportunidades para estas mujeres.

¿Por qué la dejamos sola?, ¿por qué no la ayudamos?, ¿cuántos años de sufrimiento pasó?, se preguntaba la joven en medio de las lágrimas y la culpa. Ella sabía que su segunda mamá, como la llama, no contaba con la menor preparación profesional ni académica para salir al mundo laboral. Cooptada en la casa de su abuela desde que Isabel tenía 16 años, no aprendió sino a cocinar, a lavar ropa y a fregar pisos. El servicio doméstico es un legado colonial anacrónico, pero en países como Colombia está lejos de extinguirse.

Vale exigir, eso sí, que los miles de empleadas domésticas reciban los mismos beneficios de pensiones y cesantías que cualquier otro empleado, que les paguen por lo menos el salario mínimo y que haya un contrato laboral que certifique horas de trabajo, vacaciones y primas.

Ya es imposible devolverle a Isabel los años de trabajo arduo, las secuelas en su cuerpo y la educación a la que no pudo acceder, pero todas las mujeres y los hombres que emplean a mujeres hoy de modo informal deben repensar ese sistema abusivo de contratación y rectificar el entuerto. Ojalá que pronto estas mujeres tengan la posibilidad de acceder a una educación que las lleve a la autonomía del trabajo profesional y rompan el yugo de la dependencia de una familia que no siempre está allí para ellas.

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