La madre o esposa muerta

La madre o esposa muerta

El cine ha perpetuado una narrativa que reduce al máximo la presencia de la mujer.

11 de octubre 2019 , 07:49 p.m.

Uno tras otro. Día tras día, año tras año. Decenas, cientos de filmes con la misma estructura narrativa. Un hombre blanco en el centro de la escena y dueño de la mayoría de los diálogos y las acciones. Otro personaje: la madre o la esposa, nunca aparece en escena —o aparecen brevemente— pues muere pronto o ya está muerta. Sabemos de su existencia por boca del protagonista, este hombre blanco al que las cámaras siguen durante toda la película.

Hemos visto esto tantas veces que nos parece normal que el centro de la historia sea el hombre y que la única mujer del relato esté muerta y solo tenga relevancia en tanto que está conectada al protagonista. Esta mujer, brutalmente asesinada por los malos de la película o fallecida en un pasado remoto por una enfermedad, queda convertida —y reducida— en la justificación heroica para que el protagonista persiga y asesine a sus enemigos. O, en el menos violento de los casos, tiene la función de dotar de un hálito de vulnerabilidad y humanidad al hombre, por ser este huérfano o viudo.

Los ejemplos llenarían decenas de páginas, pero por mencionar algunos: Gladiador (2000), Solaris (2002), El cuervo (1994), Corazón valiente (1995), The Salton Sea (2002), The Road (2009), Looper (2012), The Prestige (2006), The Fountain (2006), The Fugitive (1993), Inception (2010), Shutter Island (2010), John Wick (2014), Memento (2000), además de historias para niños y adolescentes que perpetúan la estructura de historias clásicas como La era del hielo, Bambi, Buscando a Nemo, Indiana Jones, La cenicienta y La sirenita.

En otras tantas películas de acción se les permite a los personajes femeninos vivir, pero se las presenta de forma marginal y cosificada, incluso tratándose de grandes actrices, como es el caso de Starsky and Hutch (2004), en la que Juliette Lewis queda reducida a menos de cinco líneas de diálogo y a aparecer como el objeto decorativo de un mafioso.

El cine comercial y el cine arte han perpetuado desde sus inicios una narrativa que reduce al máximo la presencia de la mujer y exalta los ritos de paso del hombre, a pesar de que ambos géneros hacen parte de la sociedad por partes iguales. Esto repercute en la percepción de la mujer como ese individuo que permanece en las sombras, cuya vida cobra relevancia en tanto que son las madres o esposas de un hombre y cuya vida no merece más que pocos segundos en la historia de la humanidad.

La presión para modernizar esta estructura antediluviana y patriarcal ha generado modestos frutos con personajes femeninos desligados de la figura masculina y de carácter protagónico. Es el caso de The Girl With the Dragon Tattoo (La joven con el tatuaje de dragón) o la película para niños Shrek. Sin embargo, las películas que siguen contando la historia del hombre blanco huérfano/viudo continúan siendo la norma, y es un imperativo dejar de enviar ese mensaje a los cientos de millones de espectadores que basan su propia imagen de las mujeres en aquello que les presenta la pantalla gigante o Netflix.

No se trata solo de querer que nos cuenten más historias de mujeres por un mero capricho. La relevancia se da en tanto que el comportamiento humano está influenciado inmensamente por aquellos que admiramos, entre ellos los actores y actrices de cine. Las películas son un reflejo de lo que somos como sociedad, pero también de lo que queremos ser. El camino debe abrirse para que haya una representación más digna, amplia y completa de lo que significa ser mujer en el siglo XXI y para crear conciencia de lo dañino que es representar a la mujer —las más de las veces— como un cadáver.

@caidadelatorre

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