Trumpistán

Una realidad paralela, construida en torno a falacias, suele dominar a la mitad del electorado.

04 de noviembre 2020 , 09:25 p. m.

El hombre, entusiasmado, tomó varias fotos de su líder, Donald Trump, en uno de los eventos de campaña. Había ido con una camiseta blanca con un mensaje: ‘Mi hijo murió de covid-19, pero igual voy a votar por Trump’. Este nivel de fanatismo e ignorancia que definen a los seguidores de Donald Trump lo han impulsado al punto de que, a 4 de noviembre, todavía tiene chance de ser reelegido. Los medios de comunicación estadounidenses como The New York Times y CNN, reconocidos por su rigor e independencia, sumado esto a brillantes analistas políticos, siguen sin entender cómo es posible que un porcentaje grande de la población siga apoyando a un hombre irresponsable, egocéntrico, narcisista y déspota como Trump.

David Weissman, antiguo votante de Trump y hoy registrado demócrata, ofrece una luz sobre ese misterio: los seguidores de Trump nutren su fanatismo de fuentes como Fox News y grupos de Facebook, sin salirse nunca de esa burbuja. De esa manera, no importa cuántos artículos, denuncias y pruebas se presenten ante el público sobre los desaciertos criminales de Donald Trump, nunca llegarán a oídos de esa colectividad.

Triste es decirlo, pero en política no siempre importan la verdad o el bien común, y una realidad paralela, construida en torno a falacias y enfocada en el miedo, suele dominar al menos a la mitad del electorado.

En el momento de escribir esta columna, no hay aún un resultado definitorio para los estados de Nevada, Alaska, Arizona, Wisconsin, Míchigan, Pensilvania, Carolina del Norte y Georgia, y los votos del Colegio Electoral para Biden son 227 y para Trump, 213. Ya Trump, como se había denunciado, se ha declarado ganador y ha empezado a minar el proceso electoral sugiriendo fraude. Sigue, pues, la incertidumbre.

Hasta ahora se han contado 66’531.752 votos para Trump, apenas tres millones menos que para Biden, a pesar del récord atroz de Trump, de 9,4 millones de infectados de covid-19 y más de 233.000 muertos, un colapso económico peor que el de la Gran Depresión, una montaña inconmensurable de delitos, fallas éticas, mentiras y una desafiante actitud del que se cree por encima de la ley.

Este hecho deja muy mal parada a la democracia en EE. UU., no obstante la grandilocuencia con que los estudiosos del derecho y de la sociedad hablan de ella. No es posible que el país más poderoso del planeta Tierra esté ad portas de cuatro años más de un gobierno autoritario que elogia a tiranos como Putin y Kim Jong-un, poniendo en jaque las instituciones que velan por la democracia estadounidense. Pero aquí estamos, en un estado extremo de alerta y ansiedad, sin saber si Trump seguirá en el poder otros cuatro años.

Tal vez esta siniestra realidad sirva para que los estadounidenses miren a su país tal cual es, sin vestido de seda, ni maquillaje ni set hollywoodense. Tal vez sirva para que dejen de repetir que son “el más grandioso país del mundo, la más sólida democracia” e inspeccionen a esos Estados Unidos rurales, ignorantes hasta los tuétanos, camanduleros y provincianos, y se enfoquen en modernizar la mente decimonónica de esos cientos de millones de votantes.

De nada sirve dotar a los ciudadanos de casas costosísimas, carros de lujo y toneladas de comida si sus cerebros siguen repitiendo la misma cantinela de los años de upa, cerrados a la banda a los aires de progreso que soplan en todo el mundo desarrollado. No puede ser que la misoginia, la homofobia, transfobia, el fanatismo religioso y el atraso intelectual sigan imperando en buena parte de los Estados de la Unión.

La mitad de ese país considera a Trump su ídolo porque ese es su modelo por seguir: el dinero por encima de la educación, mi bienestar por encima del bien común y mi religión por encima de las libertades de género y reproductivas de todos los habitantes.

Tal vez concluya esta semana sin que sepamos todavía quién será el próximo presidente de Estados Unidos, pero lo que sí sabemos es que hay un largo camino por recorrer para los estadounidenses en el que deberán ver, de una vez por todas, su verdadero rostro.

María Antonia García de la Torre@caidadelatorre

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