Violencia

Violencia

No es solo privilegio de los que matan, no es solo una virtud del mal ni de las mujeres que abortan.

27 de marzo 2019 , 07:00 p.m.

Del latín violentia: vis = fuerza, lentus = continuo. Uso continuado de la fuerza. La voluntad de vivir hace uso continuado de su fuerza sobre todos los seres que subsisten. Mantenerse vivo es de por sí una lucha violenta y sin tregua. Hay una violencia celular en ese impulso irrefrenable de copular, engendrar, de dar y seguir con vida. Hay violencia sucediendo dentro de los cuerpos, en la silenciosa batalla que los microorganismos libran piel adentro. Parir es ya un acontecimiento violento, y nacer es la primera forma de violencia que experimentan mamíferos como el ser humano: el pequeño cuerpo dentro del cuerpo cálido y protector de la madre ya no puede ser acogido; se ha convertido biológicamente en un estorbo, un peligro mortal y doloroso que avisa al romperse la fuente de sustento; ese cuerpo que no puede ser contenido es expulsado bruscamente a un ambiente hostil; deberá ser violentado para que su primer y desgarrador grito dé testimonio de que ha superado el ahogo.

La violencia no es solo privilegio de los que matan, no es solo una virtud del mal ni de las mujeres que abortan. La violencia es un sustrato de la misma vida. Los ‘amoristas’ hablan de amor como principio y del nacimiento como “lo más hermoso del mundo”. Niegan la violencia intrínseca y paralela que hay en eso y en todo lo que la vida toca. La destierran, la moralizan, se la endilgan a los asesinos y a los abusadores. El espectáculo de la naturaleza en pleno ejercicio de sobrevivir es estremecedor por esa combinación de violencia y belleza extraordinarias.

La permanencia de lo vivo es el resultado de una voluntad salvaje y obstinada de seguir respirando, palpitando, siempre a costa del sufrimiento de otros.

La violencia atraviesa nuestro lenguaje cotidiano: “Me provoca matarlo”, decimos con humor o con rabia, sin asomo de remordimiento.

La permanencia de lo vivo es el resultado de una voluntad salvaje y obstinada de seguir respirando, palpitando, siempre a costa del sufrimiento de otros, de su carne, de su sangre, de todo lo orgánico que pueda arrancársele a las entrañas de la tierra, que el hombre, en su carrera por ‘mejorar las condiciones de vida’, hurga y empala con tubos de hierro, penetra con sondas y excavadoras, levantando así sus orgullosas ciudades con su inventario de hospitales, mataderos, iglesias.

Para continuar la vida hay que violentar algo vivo. ¿Qué hacer, entonces, con la violencia medular que nos compone? No negarla, para comenzar, y, en lo posible, convertirla en símbolos, en poesía, en música, en arte.

Sal de la rutina

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