Puta y putero

Puta y putero

Es evidente que la prostitución es una consecuencia directa del fenómeno de pobreza.

20 de mayo 2020 , 07:50 p.m.

Yo era de las que defienden la prostitución como un trabajo que debería entrar en la agenda laboral, igual que cualquier otro. Un análisis publicado por la periodista Carol Ann Figueroa en su canal de YouTube me hizo cambiar de opinión.

Su invitada, la abogada penalista Helena Hernández, sostiene que la prostitución no es precisamente “la profesión más antigua del mundo”, sino “la forma de violencia de género más arraigada en nuestra sociedad. Una institución fundacional del patriarcado que atraviesa componentes de sexo y clase”. Necesita ser erradicada porque “es un asunto de dignidad humana que no puede desligarse de la trata de personas, pero, de facto, se está considerando como un trabajo sexual”.

Comprendí que los abolicionistas como la abogada Hernández, y otros autores de algunos artículos que ella me facilitó, hablan de derechos fundamentales. La mujer se prostituye por urgencia económica; y, más que recibir plata por brindar un servicio, lo que hace es vender su derecho sobre su propia integridad física y mental: el hombre paga por violarla. De ahí que el abolicionismo (implementado en países como Suecia, Noruega Islandia y Canadá) pretenda poner el acento punitivo sobre el comprador de sexo y no sobre la mujer prostituida, a quien las políticas públicas deben proteger.

Gracias a la alta demanda de la clientela (99 % masculina), la prostitución es una de las industrias más lucrativas del mercado. Las políticas regulacionistas, como las de Holanda y Alemania, terminan condonando la cadena de trata. Allí hay establecimientos legales en donde mujeres de todos los países pobres del mundo ‘trabajan’ encerradas en pesebreras. Los proxenetas las ofrecen dentro de un menú que incluye una botella de trago y ñapas como permitir que defequen sobre ellas, entre una variedad de opciones impensables.

Es evidente que la prostitución es una consecuencia directa del fenómeno de pobreza y de todo el conjunto de argumentos favorables a que los hombres del planeta entero vayan a donde las putas.

Existe una violencia estructural generalizada contra la mujer que, en Colombia, según Hernández, se resolvería con solo aplicar la Constitución, pero que las instituciones políticas, educativas y judiciales han banalizado. No ven la prostitución como una atrocidad que afecta a la totalidad de las mujeres y, encima, creen que el crimen es de la puta y no del putero.

Margarita Rosa de Francisco

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