Poco cine

Poco cine

No sé si mi resistencia tenga que ver con la relación tormentosa que he tenido con mi profesión.

25 de septiembre 2019 , 07:00 p.m.

Me preocupa que no me interese ver películas o esas series adictivas que vuelven loca a la gente y provocan entretenidas conversaciones. Tampoco ir al cine. Es casi imperdonable que una actriz diga algo así. No es que no me guste; mi pecado no llega a ese nivel. De las personas que admiro por su sensibilidad y refinamiento intelectual, no conozco una que no se apasione por esa forma de arte, la más completa posible, quizás porque en ella confluyen las demás. No me siento orgullosa de admitir mi desgano. Sin embargo, este ‘sincericidio’ puede ser interesante de analizar. Por lo general, me duermo. (Curiosamente, una de las que me mantuvieron despierta fue la hermosísima Roma, una película en la que otros se aburren dizque “porque no pasa nada”; opino todo lo contrario.)

Por eso no puedo decir que no disfrute al máximo las películas que logran atraparme. Entonces, ¿qué pasa? Encuentro una respuesta decepcionante: me da pereza emprender el viaje. El mundo está tan saturado de pantallas y de música que me agoto antes de apostarles a las producciones que me recomiendan. A veces creo que debería hacer un esfuerzo, pero qué triste categoría para ese placer alegre que une tan democráticamente a eruditos, analfabetos, inteligentes e idiotas. A todos ellos –me incluyo entre los idiotas que no ven películas–, sin importar si las que prefieren son obras de arte o no, les encanta meterse con todos los sentidos en historias de otros, olvidarse completamente de sí mismos y que la totalidad envolvente y mágica de universos distintos los seduzca hasta el éxtasis de una meditación; qué glorioso es desembarazarse del yo. Entiendo que una de las opciones más excitantes de esa inmersión en la ficción es jugar a ser otros; es, probablemente, una manera segura de entregarse con desenfreno a las virtudes y los vicios humanos, y también de resucitar (en casi todas las películas, malas y buenas, los espectadores viven la muerte y salen ilesos de la experiencia).

Por fortuna, para los aturdidos como yo, hay otras fuentes de dónde beber belleza, catástrofes, culturas y emociones ajenas mientras tanto. No sé si mi resistencia tenga que ver con la relación tormentosa que, como actriz, siempre he tenido con mi profesión y me hace ver en las películas solo actores que manipulan y no personas reales, o si es solo una necesidad de silencio muy aguda. Sé de lo que me pierdo. Espero que se me pase.

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