Ortografía

Ortografía

Escribir mal no siempre es ignorancia, también puede ser una línea de la mediocridad.

05 de junio 2019 , 07:00 p.m.

El peligro de quejarse de los errores de ortografía de los demás cuando uno no es experto es cometer otros peores mientras se los señala. En estos días pregunté por Twitter si los errores de puntuación eran también ortográficos, y muchos me contestaron desde la consabida sabiondería tuitera con un contundente “si, si lo son”. Leer esos dos “si” sin la tilde diacrítica que les corresponde me hizo dudar sobre la confiabilidad de su respuesta. Pero luego confirmé que, efectivamente sí, sí lo son.

En vista de que no puedo dar cátedra sobre esta materia, solo me permito hablar del goce estético que me produce leer un tuit o un mensaje de texto por WhatsApp prolijamente escrito. Me provoca un especial asombro alguien que redacta un comentario por medios informales siguiendo con rigor las reglas ortográficas. Soy proclive a esa forma de elegancia y a esa especie de microética que me sugieren las palabras bien tildadas y la meticulosidad de una perfecta sintaxis tan de la mano con el ritmo de las frases debidamente puntuadas.

Como buena anarquista, faltarle al respeto al idioma me genera un placer morboso, lo que pasa es que para hacerlo en su modo más subversivo se necesita dominarlo a la perfección

(Es cómico observar que la mayoría de los que tuiteamos creemos tener buena ortografía). La RAE enseña que para el uso correcto de la coma hay veinte leyes con sus respectivas y sutiles especificaciones, algunas muy complicadas de diferenciar. Pero muchos, por el afán de dar nuestra “imprescindible” opinión, le concedemos poca importancia a eso y dejamos que sea el lector el que se las arregle para descifrar lo que quisimos decir.

Esto no significa que no me gusten las transgresiones. Como buena anarquista, faltarle al respeto al idioma me genera un placer morboso, lo que pasa es que para hacerlo en su modo más subversivo se necesita dominarlo a la perfección y ser un artista de racamandaca. Cómo no deleitarse con esas haches sorpresivas e intrascendentes que les puso Cortázar a aquellos hidiota e hintimidad en un pasaje de Rayuela, y no terminar dando saltos de excitación después de devorar ese inolvidable párrafo escrito en glíglico que entendí sin saber por qué. ¡Cuánto genio debe haber en el arte de burlarse de algo tan político como el lenguaje! Nunca fue tan bello retorcerles el pescuezo a sus benditas normas.

Pero, bajando del cielo cortazariano a la parte puramente técnica, escribir mal no siempre es ignorancia por no haber podido ir al colegio, también puede ser una línea de la mediocridad y un gesto vulgar de la pereza.

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