Mi cuerpo IV

Parecía no importarle mi armadura. La acariciaba como si fuera una parte indistinta de mi cuerpo.

26 de agosto 2020 , 09:25 p. m.

Recién me gradué del colegio, a los dieciséis años, me operaron la columna vertebral debido a una escoliosis lumbar que seguiría progresando.

Llevaba seis meses saliendo con un hombre mucho mayor que yo. El mismo que determinó, con su cuerpo dentro del mío, que desde ese instante ya era una mujer adulta. Aquella torcedura se atravesó como un paradójico calmante que debió aliviar en mis padres la angustia por no haber podido detener mis huidas enamoradas, ya que tendría que quedarme quieta y soportar una faja de yeso que me cubriría el torso durante nueve meses.

Me desperté de la anestesia con un dolor oceánico. Deseé haber muerto durante la cirugía. Sin duda, una forma benévola, si no ideal, de dejar este mundo. Me habían abierto la espalda por la mitad y enderezado las vértebras, a punta de martillo y cincel, sin que mi consciencia diera cuenta de mi cuerpo durante doce horas. Como en una morgue, este había sido diseccionado pero, además, corregido. Mi columna y yo nos habíamos desviado, y solo una violenta labor de talabartería podía remediar nuestro delirio. Después de quince días en el hospital, me envolvieron el talle con un chaleco de escayola que pesaba tres kilos y al cual le habían abierto una ventana en la zona del pecho por donde se asomaban unos senos en pleno desarrollo, erectos y turgentes.

Durante mi convalecencia, el hombre mayor tuvo permiso para visitarme. Creo que me quería, aunque a veces dijera que la razón por la que peleábamos tanto se debía a que él era más inteligente que yo. Volvimos a nuestras andanzas cuando pude caminar de nuevo. Nos amábamos. Parecía no importarle mi pesada armadura. La acariciaba como si fuera una parte indistinta de mi cuerpo. De hecho, aquel corsé llegó a serlo a tal punto que el día que me lo retiraron me dio un ataque de pánico tan feroz que empecé a suplicarle al médico que me lo volviera a poner. Sentí que mi cuerpo había desaparecido. Les temía a los fantasmas y yo misma me encontré de repente como uno de ellos, sin ocupar un espacio real.

Mientras, enyesada, esperaba a que mi cuerpo estuviera listo para salir de su crisálida, lo dibujaba. Pinté un modelo en un papel. Delineé sus contornos y determiné sus proporciones y volúmenes. Tendría un cuerpo de diseño; un producto original, un activo más rentable que mi desvalida inteligencia, de la cual no he dejado de dudar hasta el día de hoy.

Margarita Rosa de Francisco

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