Mi cuerpo I

Desde niña sentía que mi cuerpo no era algo para ser disfrutado por mí, sino un espectáculo público.

15 de julio 2020 , 09:25 p. m.

Quería titular esta serie ‘El cuerpo de las mujeres’, pero en vista de que mientras más leo sobre feminismo, menos capaz me siento de hablar en nombre de todas nosotras, preferí hacerlo en primera persona. Por tratarse del de una mujer en particular –a la que mejor creo conocer–, podría animar a otras a poner en palabras cómo construyeron el suyo. Es notable que sea a las mujeres y las personas trans a quienes nos surge esta particular inquietud. Un hombre rara vez se pregunta cómo ha construido su cuerpo. El cuerpo masculino es un hecho consumado.

‘Construir’ es un verbo que utilizo mucho cuando pienso en este tema. Antes de familiarizarme con el manido ‘deconstruir’ derridiano, ya tenía noción de que mi cuerpo era un objeto armado a punta de una diversidad de factores culturales y voluntades prejuiciosas, y que debía producirse para lograr un efecto en otros. Desde niña sentía que mi cuerpo no era algo para ser habitado, disfrutado o vivido por mí, sino un espectáculo público.

Además, tener una madre hermosa como la mía, exreina de belleza, no fue anecdótico. Ser bella físicamente era muy importante para mí y lo sigue siendo. Eso implicó fijarme una meta y trabajar con dedicación para alcanzarla y, así, ser validada por El Padre, pues evidentemente, él había elegido a una mujer de hermosura extraordinaria para casarse.

Desde que tengo noción de mi cuerpo, lo he desconocido. Ser mujer me resultó, desde el principio de mi vida, muy desventajoso. Envidiaba que los hombres la pasaran mejor con sus cuerpos y lo manifestaran sin pudor. El hecho de que su sexo estuviera tan expuesto se me antojaba una especie de insolencia de la naturaleza. No entendía tanta desvergüenza. Me daba rabia que les quedara todo más fácil y que en ellos fueran aceptadas cosas que en las niñas eran impensables, como tocárselo, sentarse y abrir las piernas, orinar en público o masturbarse.

Los niños conocían su sexo desde temprano; estaba a la vista. Yo tuve que buscarlo porque nadie me daba razón de él. Aunque preferiría pensarme como un cuerpo sin sexo (sí, es extraño), he hecho de mi cuerpo un proyecto mercantil sexualizado. Me he esmerado para que ‘mi producto’ sea deseable sexualmente y se venda bien.

Sobre esta contradicción monté un circo romano que identifico como ‘mi cuerpo’, que solo ahora, cuando la función está cancelada, estoy aprendiendo a llamar ‘mío’.

Margarita Rosa de Francisco

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