Limpieza

Limpieza

Cómo no cuidar el mundo en que vivimos si es la única casa que nos queda.

08 de abril 2020 , 04:49 p.m.

Mañana es viernes. Día de limpieza profunda y general de la casa. Desde que la ciudad se cerró por la peste, Ana no ha podido volver a ayudarnos. Aunque ella sigue recibiendo su salario, ahora su trabajo lo hacemos Will y yo, con un denuedo que nunca anticipé. Ambos somos metódicos y perfeccionistas. Ya tenemos un sistema que funciona muy bien y no paramos hasta que dejamos todo impecable. Hoy le dije que no solo quería ser una buena estudiante sino también una experta en limpiar. “Sí, ya me doy cuenta”, contestó, cuando vio que yo sacaba hasta el último frasco de los cajones del gabinete del baño para lavarlo todo por dentro y por fuera. Él, por su parte, no se queda atrás: ordena, pasa la aspiradora y tiende las camas dejando las sábanas templadas como en los hoteles.

He vivido sola en varias ocasiones. No es la primera vez que tengo que hacer todos los oficios domésticos, pero, desde que limpio yo misma cada rincón de esta casa en particular, lo hago desde otro tipo de voluntad y, por eso, he empezado a relacionarme con las cosas de forma distinta. Antes, limpiar el lugar donde vivía era una carrera obligada contra la desidia. Pasaba por encima de los objetos sin mirarlos, deseando terminar la odiosa tarea. Ahora parece como si les devolviera su silenciosa dignidad y me agradecieran de vuelta el respeto personal que les tengo.

Hace un mes empecé a conocer de verdad la casa en la que vivo hace cuatro años. Me he dado cuenta de que no la había comprendido ni me había reconocido en ella sino hasta estos días de encierro en que rastreo la mugre –tan propia– que algunos encargamos limpiar a otras personas. Ahora tengo un gobierno legítimo sobre las superficies que desinfecto y hago brillar de nuevo todos los viernes. Se me ocurrió que quizás nadie nos conozca mejor que quienes limpian nuestras casas.

Llevamos cuatro semanas aprendiendo a cuidar este espacio con una conciencia milimétrica de cada acción cotidiana. Desde la cantidad de agua y energía que consumimos hasta nuestra manera de alimentarnos y deshacernos de lo innecesario. No por virtud. Es instinto puro. Nuestro lugar, de un día para otro, se convirtió en todo el mundo que habitamos. Un mundo atemporal, desnudo e indefenso que protegemos como si nos jugáramos la vida en ello porque, de hecho, es así.

Cómo no cuidar el mundo en que vivimos si es la única casa que nos queda.

Margarita Rosa de Francisco

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