La yegua

La yegua

De mi piel para adentro galopa una yegua por fin liberada de su deseo de juventud.

25 de marzo 2020 , 07:36 p.m.

Me duermo siempre muy temprano, solo que ahora, entrando en franca menopausia, la huelga de hormonas no me da respiro, y su protesta me hace despertar varias veces en la noche, con la piyama emparamada. No es tan simple como tener calores y esos otros síntomas banales que enlistan en cualquier búsqueda de Google. Yo describo mi nuevo estado como un anhelo de la sangre; un clamor de la bilis o un río interno que ha resuelto correr en un sentido inverso al que tenía; una sensación de que falta un mineral o un metal en alguna célula, o en todas.

Es un saber recóndito de los órganos que mi pensamiento entiende como una rebelión feroz, una enfermedad o un duelo. Evidentemente, es el anuncio del último tramo del camino. También parece que dentro de mí habitara un duende que se burla y me cambia las reglas del juego cuando creo que he ganado la apuesta que habíamos casado; en ese momento siento frágiles las articulaciones, el corazón y mis emociones.

Por estos días de cuarentena, dentro de mi cuerpo amanece y anochece distinto que en el afuera; también su atmósfera es íntima e independiente. El sol puede brillar intensamente en la punta de las hojas de los árboles, mientras en las selvas de mis venas y tripas llueve para arriba y a cántaros. Otras veces salgo a caminar por la casa o al jardín, durante una noche cerrada, y veo soles resplandecientes en las estrellas.

De mi piel para adentro galopa una yegua por fin liberada de su deseo de juventud, pero que no sabe a dónde dirigirse con el poder de su nueva verdad; solo pega la carrera y se detiene a su gusto, sin “razón”. (¡Qué razón podrá haber en lo natural y en lo salvaje!). Cuando la yegua encuentra un buen prado, se queda plácidamente pastando; pero, de pronto, sin aviso, parece que se acordara de perseguir su destino y olvida el verde y el alimento, y sale desbocada como una madre loca buscando un hijo perdido.

No basta un jinete de fuertes brazos para dominar el animal cuyo comportamiento y lenguaje enrevesado no comprendo. Se necesitan reemplazos químicos, venenos o quizás ayudas más sutiles y aromáticas, un té calmante, una voz interna suave, rezos, meditaciones o un silencio compasivo mientras la tormenta amaina, pues esto es lo que me han dicho otras mujeres que han sentido el golpear frenético de los cascos de la yegua: “no es fácil, pero tranquila; eso, como la pandemia, también pasará”.

Margarita Rosa de Francisco

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