La carne y el cuerpo

La carne y el cuerpo

El cuerpo es una idea y, como tal, es pensado y narrado por nuestra cultura.

12 de febrero 2020 , 08:14 p.m.

No hay rebelión posible que pueda deshacer la huella que nuestras culturas madres, las grecorromana y judeocristiana, han dejado en la forma como vemos el cuerpo, entre muchas otras cosas de su realidad. Particularmente el cristianismo, que hereda de Platón la concepción del alma como casa de la virtud, ubica en el cuerpo humano todo lo vicioso, lo malvado, lo despreciable. No sé si esa dualidad jerárquica es la que ha determinado que el hombre occidental no pueda pensarse a sí mismo como una unidad con todo lo vivo sino como un yo dispuesto a dominar el mundo. Consecuentemente, también hay una relación de fuerzas entre cuerpo y carne.

El cuerpo alcanza un nivel de abstracción de mejor jerarquía que la carne. Suena muy digno decir que hay un “cuerpo emocional”, “un cuerpo astral”, “un cuerpo físico”. Sin embargo, la carne, la pulpa densa que se adhiere a la calavera, aquella que duele, suda y sangra, es el foco de la infección y donde suceden el orgasmo y la tragedia del fin; es el despojo que nos acerca demasiado a los animales. Para los animales no hay cielo ni infierno; “los animales no tienen alma”, decía mi profesora de religión (y Descartes).

Los otros animales son carne para comer, se los mata, se echan al fuego, se cocinan y saborean porque son eso: carne pura. Uno nunca se come un cuerpo; los animales no tienen cuerpo, entonces. El cuerpo es una idea y, como tal, es pensado y narrado por nuestra cultura. La carne, fiel a su naturaleza salvaje, es el grito insurgente del cuerpo. Es aquello que se burla de las alturas a las que el cuerpo aspira, cuando, por ejemplo, su cerebro, carne viva y gris, presenta una falla en su cableado. Nadie sabe “dónde está” el alma cuando no hay neuronas para pensarla ni para decirla.

El cuerpo es un sistema que tiene unas leyes de funcionamiento estrictas y también es un producto moral con ínfulas celestes. Pero la carne es también la única señal de que tal cuerpo vive. Es la que nos dice que sin ella no habría dónde depositar el yo que tanto valoramos. La carne no sufre la dualidad alma-cuerpo porque ella no reflexiona, ella es, en materia, su propio impulso de vivir y morir. ¿No es esa su virtud? ¿No es eso suficiente “alma”? ¿Cómo cayó tan “bajo”, entonces? ¿No es la animalidad el paraíso del que fuimos desterrados? ¿No es en la carne donde ocurre la muerte de las religiones y se agotan los dioses?

Margarita Rosa de Francisco

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