Filosofar y bailar

Filosofar y bailar

Me gusta la filosofía como a otros les gusta bailar reguetón.

16 de agosto 2018 , 12:00 a.m.

Existir siempre me ha aterrado. Sí, he llegado a sentir verdadero terror cuando reparo en mi propia conciencia de ser y estar. Darse cuenta de sí mismo es una especie de maravilla trágica que el hombre a duras penas soporta, por eso ha tenido que montar el monumental parque de atracciones que es este mundo y evitar a toda costa encontrarse solo con su tedio desnudo. Sentí alivio cuando, a través de las clases de filosofía que recibía en el colegio, me enteré de que hubo personas lejos en la historia que también sintieron angustia cuando se vieron arrojadas en un yo y reflexionaron sobre esa perplejidad; me reconfortó saber que hubo más gente a la que no le bastó Dios como única respuesta; celebré en ellos su amor por la pregunta y su sospecha ante la certeza.

Preguntarse por aquello que nadie pone en duda es para mí la revolución más genuina que genera la filosofía y lo que empezó a fascinarme hasta el día de hoy. Me gusta la filosofía como espacio abstracto para practicar la más pura, pacífica e íntima forma de la subversión, de resistencia a los absolutos; me gusta como transgrede el significado establecido de las palabras, también cuando crea nuevas, signos fluctuantes que ocultan esencias y substancias, y por las que convierte el lenguaje en uno de sus blancos favoritos. Yo veo la filosofía como algo más cercano a la literatura, al arte. El arte de pensar, el arte de preguntar, el arte de nunca encontrar.

Preguntarse por aquello que nadie pone en duda es para mí la revolución más genuina que genera la filosofía.

He aprendido a separar el hecho individual de que algunas escuelas de pensamiento pretendan tener la verdad y se vuelvan dogmáticas del propósito de la Filosofía como musa universal y eterna buscadora. Asistir al espectáculo de las ideas que otros modelan con tanto detalle y complejidad es para mí un placer estético, conmovedor, aunque muchas veces no entienda o no esté de acuerdo con algunos planteamientos. Hasta en el filósofo más soberbio percibo una nostalgia por ese o eso Otro que nunca será posible conocer y lo ubica en un lugar de humildad involuntaria.

También puedo decir que me gusta la filosofía como a otros les gusta bailar reguetón. Ninguna de las dos aficiones es más respetable o más profunda que la otra. Afortunadamente, la filosofía también me ha enseñado que las categorías son arbitrarias y que pensar no es necesariamente mejor que bailar (aun reguetón), algo que, felizmente, me hace olvidar que existo.

MARGARITA ROSA DE FRANCISCO

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