El yo y sus convicciones

El yo y sus convicciones

Al yo, tan interesado en lo útil, le irritan los interrogantes que la filosofía plantea.

19 de julio 2018 , 12:00 a.m.

Para funcionar en la vida práctica se supone que hay que tener convicciones, posiciones claras, principios sólidos, argumentos para defender ese yo que ubicamos en el centro del universo.

Como buen megalómano, devora el mundo que cree ver y lo transforma en un mecanismo que lo hace sentir dueño y señor de todo lo que llama “mi”: mi amigo, mi mujer, mi perro, mi carrera, mi casa, mi entorno.

Para el yo no hay nada que no sea de él. Hasta la negación ‘no es mío’ afirma más su ley de pertenencia; lo que no es mío no me incumbe, está excluido de mi mundo; el otro realmente no existe hasta que lo convierto en algo para mí.

Ese espectáculo yoísta es lo que cada uno de nosotros identifica como mundo real, perfectamente comparable a lo que se conoce hoy como posverdad, eso sí, la más sofisticada posible, es decir, un mundo que el yo vuelve realidad porque aparece confirmado delante de los demás, haciéndolo caber a la fuerza dentro de sus mitos, de sus reglas preconcebidas, de las tales convicciones y de sus herencias históricas y genéticas, que ni siquiera él mismo registra conscientemente haber recibido. Ese mundo, que es como un cuentico que hay que echarse para poder andar por estas sociedades como alguien normal, es ese del cual hay que convencerse para poder ganar una discusión, una causa, una guerra, y así darle un sentido a la vida.

Como buen megalómano, devora el mundo que cree ver y lo transforma en un mecanismo que lo hace sentir dueño de todo lo que llama “mi”: mi amigo, mi mujer, mi perro, mi carrera, mi casa, mi entorno.

Para el yo, la vida tiene que tener sentido, como si algo tan inexplicable como la vida, para ser válida, tuviera que servirle a su propia invención. Si no sirve al yo, no tiene razón de ser. Tal vez por eso le cuesta aceptar la muerte y prefiere crearle una vida eterna al constructo artificioso que es, en una dimensión todavía más pura, como, por ejemplo, la gloria de ser recordado, o allá, en el cielo, con su identidad y todo lo suyo más intacto y más a salvo que nunca. El yo quiere vivir eternamente sin desintegrarse.

¿Para qué señalar todo esto? Esa es la acostumbrada pregunta que siempre hace el yo, tan interesado en lo útil, al que le irritan los interrogantes que la filosofía plantea, disciplina que no le sirve para nada y deberían, por su bien, suprimir como materia en los colegios por andar sembrando dudas traídas de los cabellos como estas: ¿No será una enfermedad del yo estar tan convencido de sí mismo? ¿Y que esa vida que tanto defiende se trata más bien del otro, y no del yo?

MARGARITA ROSA DE FRANCISCO

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