El pene

El pene

Una muy efectiva forma de halagarlos o insultarlos es aludir al tamaño.

28 de agosto 2019 , 07:00 p.m.

Me imagino que al atreverme a titular así este texto obtendré especial atención. No producen el mismo impacto la oreja o el codo como tema de una columna de opinión. Todo depende de qué tanta carga simbólica tengan que soportar las inocentes partes de nuestro cuerpo, de por sí moralizado y politizado hasta la paranoia. La diferencia entre un pene y una rodilla no está tanto en su función biológica como en la forma en que esas simples palabras que los nombran provocan nuestra fantasía.

Me sorprendió un ensayo del ilustre pensador francés Michel de Montaigne titulado La fuerza de la imaginación, en el que usa ese encabezado para referirse, en uno de sus fragmentos, a los deshonrosos contratiempos de algunos hombres con su órgano sexual –producidos por miedos inoportunos–, precisamente cuando se necesita su mejor desempeño. Montaigne fantasea con ser el abogado de “su señor cliente” y así defenderlo de quienes lo juzgan injustamente por rebelión y por su infamante voluntad propia, causante de terribles bochornos.

El pene es el símbolo de poder por excelencia: el báculo que concedía la palabra en el ágora, el cetro del soberano, los obeliscos, los cañones, la espada

Como apoderado de su causa dice que los otros órganos, sus compañeros, están “envidiosos de la importancia y de la dulzura de su uso”. Señala que ellos, al igual que “el amigo”, también se animan y nos traicionan sin nuestro consentimiento: “No mandamos a nuestros cabellos que se pongan de punta, ni a nuestra piel que se estremezca de deseo o de temor”. El pasaje me hizo pensar en el acento que la cultura pone sobre ciertos ‘pedazos’ del cuerpo.

El pene es el símbolo de poder por excelencia: el báculo que concedía la palabra en el ágora, el cetro del soberano, los obeliscos, los cañones, la espada, y otras figuras fálicas lo resignifican sin que haya que imaginar mucho. No sin razón, los hombres se avergüenzan de tener penes pequeños. Una muy efectiva forma de halagarlos o insultarlos es aludir al tamaño y la capacidad de penetrar, permanecer y durar de ese apéndice altamente expuesto a la agobiante e histórica demanda de lo que representa. No es cualquier cosa, hombres, llamarse hombre y merecerlo por tener entre las piernas unas masas blandas poco confiables que deben endurecerse y erguirse en el momento requerido por el exigente espectáculo de la virilidad. Estoy con Montaigne. Son excesivas la responsabilidad y la expectativa; mucho el temor al deshonor y a la vergüenza para ser aguantados –sin colapsar– por carnes tan humildes.

Empodera tu conocimiento

Más de Margarita Rosa de Francisco

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.