El moralista colombiano

El moralista colombiano

Es un narcisista que ve el mal como algo externo a su ser que lo amenaza y victimiza.

19 de junio 2019 , 07:00 p.m.

Es curioso que un país de corruptos sea tan moralista. Colombia está llena de delincuentes ultracatólicos y de gente que identifica la política con una secta religiosa que se da el lujo de establecer qué es lo indecente, lo oprobioso y lo contaminante; en principio, todo lo ajeno a su ardiente círculo de pintorescos fanáticos del bien.

Si existe el estereotipo del ‘moralista colombiano’, diría que es ese que está incordiado con la alteridad de un mundo que pretende hacer caber en un estrecho cajón y, al no conseguirlo, se escandaliza de que su superstición no sea considerada la medida absoluta del recto comportamiento humano. Encerrado en su limitado juicio individual, no concibe que aquello que llamamos bien y mal pueda ser el resultado de una sucesión de errores históricos o categorías que merezcan ser revisadas, pues está educado en la verticalidad de una religión cuyo interés principal ha sido generar una moral basada en el poder y la propiedad. Por eso, en su léxico abundan las palabras ‘castigo’, ‘culpa’, ‘condena’, ‘pagar’ y locuciones como ‘rendir cuentas’.

Dice temer por el futuro y la salud de los niños para elevar su imagen filantrópica mientras, sin ningún rastro de la misma humanidad, la emprende contra “maricas y viciosos”

Sus fetiches más enconados son el niño, el drogadicto y el homosexual. El niño/arma, escudo, hacha, es su gran falo, y se lo enseñará a cualquiera que amenace su amañado sistema de valores. Dice temer por el futuro y la salud de los niños para elevar su imagen filantrópica mientras, sin ningún rastro de la misma humanidad, la emprende contra “maricas y viciosos”, gentuza que no merece cuidado alguno.

Para ese moralista folclórico, tanto como para el pederasta, su más abominado antagonista, el niño no es un sujeto sino una palanca que al primero le servirá para ejercer violencia ideológica. Desde su obsesión eugenésica se apropia del argumento que aduce la pureza de la niñez para excluir y juzgar a quienes él subvalora. ‘Nuestro moralista’ no es un pensador, es un narcisista que ve el mal como algo externo a su ser que lo amenaza y victimiza. Es aquel que toma las opiniones contrarias como afrentas personales; un individuo infantilizado, apegado a la juguetería de sus símbolos patrios y criado a rejo por una cultura patriarcal que lo hará confundir a un capataz con su guía espiritual.

Es, ante todo, un cobarde que teme pensarse como parte de la oscuridad, grieta o monstruosidad que nos atraviesa y compartimos todos, sin excepción, en el limo de nuestra misteriosa condición.

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