El espejo

El espejo

Por estos días el espejo ya no es el de antes, no me analiza con tanto rigor.

01 de marzo 2018 , 12:00 a.m.

Cada persona tiene una relación simple o compleja con su reflejo en el espejo. La mía empezó siendo bastante contradictoria. Desde pequeña fui consciente de mi propia imagen, pues en mi casa había muchos espejos que vivían enamorados de mi mamá y yo quería parecerme a ella.

Aunque no era precisamente un patito feo, lo que yo veía al otro lado del cristal era una niña demasiado delgada, demasiado pálida y con una melena tan desproporcionada que me comparaba yo misma con esas criaturas fantasmagóricas que salían en las películas de terror. Este parecido no era solamente físico, de hecho me sentía casi transparente, como si la sustancia de mi cuerpo fuera tan sutil como el humo o el polvo, y eso me asustaba. El espejo, entonces, se convirtió en un medio para corroborar que era un ser de carne y hueso.

Empecé a inventar bailarinas, cantantes, hadas y luminarias para seducirlo, princesas ideales que vestía con las pañoletas de seda, los collares y los coloretes que usaba mi madre cuando salía de fiesta. En el fondo del espejo había un reino infinito de posibilidades de ser, un diálogo directo con lo mágico, vidas paralelas, funciones apoteósicas, aplausos.

En el fondo del espejo había un reino infinito de posibilidades de ser, un diálogo directo con lo mágico, vidas paralelas, funciones apoteósicas, aplausos.

El espejo se complacía cuando me le ofrecía con todo mi atavío de fantasías, pero no si me asomaba sin ellas; al despertar del ensueño volvía esa sensación de que mi cuerpo era irreal y de que yo era un espíritu aburrido. Estar, sin más, no era suficiente; había que hacer muchas piruetas para ser especial, ojalá maravillosas y extravagantes, y construir en los gimnasios una estructura más sólida y resistente con la que combatir aquella ausencia de corporeidad.

Con el tiempo, el espejo se transmutó en una audiencia que aprobaría o desaprobaría el espectáculo que haría de mi vida. Ante esa versión aún más exigente y tirana del espejo primario he reproducido el mismo juego infantil de las máscaras que he exhibido en carnavales y en ferias. He tratado de agradarle al público, el espejo que me confronta con esa vanidad vergonzante que a veces disfrazo de modestia.

Es curioso que por estos días el espejo ya no es el de antes, no me analiza con tanto rigor y se le olvida señalarme los detalles que debo corregir para gustarle. No es que nos hayamos cansado el uno del otro, todavía nos miramos en silencio con morbo o con impavidez, solo que ya se nos quitaron las ganas de hacernos tanto caso.

MARGARITA ROSA DE FRANCISCO

MÁS COLUMNAS

Columnistas

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA

Ya leíste los 800 artículos disponibles de este mes

Rompe los límites.

Aprovecha nuestro contenido digital
de forma ilimitada obteniendo el

70% de descuento.

¿Ya tienes una suscripción al impreso?

actívala

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.