El camino de Diana

El camino de Diana

Se apropió de su infierno y se encargó de rastrearlo, impulsada por un deseo incesante de justicia.

01 de julio 2020 , 09:25 p.m.

Dos hombres desconocidos han llegado a Barrancas y juegan billar en uno de los bares del pueblo guajiro. Desde la mesa de juego alcanzan a ver la casa a la que en algún momento debe llegar Luis López Peralta, elegido concejal del mencionado municipio en 1994. Están esperándolo para matarlo, pero “no ha llegado la hembra”. Así llamaron en clave a la camioneta que usualmente conducía el funcionario.

La narración se detuvo ahí. El breve ejercicio que la periodista Diana López Zuleta compartió, durante uno de los cursos de escritura dictados por Carolina Sanín, era un pasaje sobrecogedor de su libro 'Lo que no borró el desierto', proyecto en el que llevaba trabajando sin descanso desde el 2013.

A través de un lenguaje sencillo y cotidiano, por instantes sugerente de la niña que a los diez años no concebía la muerte de nadie, Diana reconstruye, en el desierto de su pérdida, el ansiado lugar paterno con el mismo rigor de la investigación exhaustiva que la condujo a dar con el autor intelectual no solo de su propia orfandad, sino de la miseria física y emocional de otros cientos de víctimas.

El camino desandado por Diana desde que el hombre político Luis López Peralta muere desangrado en un hospital de Valledupar con una bala en el cuello, hasta sus comienzos como comerciante y ciudadano sensible ante las injusticias sociales de su comunidad, es la gesta de muchos colombianos que llevan grabada en las vísceras la pisada abyecta de la bota paramilitar y sus incontestables vínculos con narcotraficantes y servidores públicos corrompidos.

El valiente testimonio de Diana López Zuleta deja el nombre de Francisco Gómez, alias Kiko Gómez, descubierto en toda la vulgaridad y plenitud de su ignominia. Asimismo, encriptada en su historia personal, se revela la realidad política de nuestro país, todavía incapaz de lavarse la sangre que personas como él no tienen empacho en hacer correr a chorros, una y otra vez, en los campos y ciudades donde solo el terror es la ley.

La relatora de esta historia no es la niña que creyó que “el cielo era un lugar del pueblo al que se podía llegar caminando sola”, sino una mujer que se apropia de su infierno y se encarga de rastrearlo, dentro y fuera de ella misma, impulsada por un deseo incesante de justicia. El camino de Diana es su herida abierta y la de Colombia entera. Una herida medular, impertérrita, insoportable.

Margarita Rosa de Francisco

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