El arte como religión

El arte como religión

Una legión de artistas no construiría jamás ejércitos asesinos ni se mataría por gobernar mentes.

20 de diciembre 2017 , 08:00 p.m.

El arte podría ser una clase de sacerdocio. A través del rapto estético, comparable a la experiencia mística, se unifica el anhelo ancestral de los hombres, que es el de liberarse de los yugos, de las obligaciones morales y sociales que ellos mismos han creado ante la desesperación por encontrarle un orden a su inexplicable existencia, y quedarse en ese estado de no mente, el nirvana, donde se oficia el matrimonio entre el sentido de la vida y la belleza. En ese lugar quisiéramos habitar todos, y, de hecho, lo logramos cuando se nos olvida ese yo que veneramos más que a cualquier dios.

El origen del arte parece ser de naturaleza puramente “divina”, por el motivo que agita la creatividad del artista, que es el de revelar, por apremio de su propio ser, una versión iluminada de su entorno o una epifanía que lo llena de gozo y alivia el dolor de su tormento. La actividad artística se convierte en un rezo, en una misa, en un éxtasis del presente, en el acto poético por excelencia, que es el de transgredir las leyes de cualquier índole por medio de la música, de los colores, de formas organizadas de un modo compatible con esa sed de armonía que surge desde el fondo de un temor reverencial ante el misterio de existir, con ese querer vibrar al unísono, por fin, con algo.

El arte no es dañino porque no pretende exterminar nada ni a nadie, es expresión que transforma y libera.

El arte en sí mismo no es dañino porque no pretende exterminar nada ni a nadie, es expresión que transforma, libera y abre nuevos caminos que con frecuencia inspiran miedo por poner en duda la terquedad de lo convenido. Sus modos no tienen la facultad de herir de muerte ni sacan sangre.

Una legión de artistas no construiría jamás ejércitos asesinos ni se mataría por gobernar mentes. El artista manifiesta lo que al mundo le hace falta para reconocerse a sí mismo en la infinitud y en la diversidad, logrando esa comunión inefable entre lo que no se parece, cosa que no logra ninguna religión. Tal vez el arte sepa más que ella acerca de la divinidad.

El hecho artístico consigue representar la contradicción planteada en todos los mitos que desde el inicio de la historia humana tratan de imponer un supuesto reflejo de Dios en sus sociedades contrahechas. De ahí que el poder les tenga miedo a los giros del arte, cuya esencia es, de por sí, revolucionaria.

Es posible hacer arte hasta del más simple ritual cotidiano, y ese instante santo es el milagro que da a luz todo lo sagrado.

MARGARITA ROSA DE FRANCISCO

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