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De patas en la calle

De patas en la calle

No nos alcanzarían los 365 días del año si por cada uno escogiéramos una causa de protesta.

20 de noviembre 2019 , 07:00 p. m.

No tengo esperanza en que este gobierno oiga las voces del paro, sobre todo al ver el empeño que han puesto sus hidalgos en desacreditarlo, hasta el punto de hacernos temer que los disturbios se produzcan desde el flanco opositor para corroborar su predicción catastrófica. Su significado tiene valor para que el pueblo se pruebe a sí mismo y se dé cuenta de su poder de consenso. Le convendría que confirme una vez más (ya lo hizo el 27 de octubre) que tiene la fuerza para elegir gobernantes independientes de clanes y de partidos mohosos, aunque votar por un político sea casi tan riesgoso como jugar en un casino. Nuestro Presidente, elegido popularmente en esa ruleta, es legítimo ‘duélale a quien le duela’. ¡Y cómo está doliendo!

Es muy curioso que la democracia se base en un supuesto justo en teoría, pero bastante contradictorio. Yo me incluyo entre la mayoría que ignora de qué van los políticos en campaña. La democracia implica dejar en manos de nosotros, los ignorantes, el juicio sobre quién es el mejor gobernante. ¿Qué puede haber más loco que eso? Algunos creen que por el hecho de conocer los programas que propone un candidato tienen criterio científico para tomar una decisión. Pero la evidencia muestra que solo los años subsiguientes de práctica son los que enseñan cuánto se han equivocado hasta ‘los que saben’. La democracia es absurda, pero prefiero la imperfección de una estructura que, al menos, por su mismo principio, da espacio para quejarse en voz alta.

Si se logra distinguir que los vándalos no son sino saboteadores, esta marcha diría mucho de la adultez de la nueva sociedad colombiana, cansada de no saber quién gobierna

En Colombia no nos alcanzarían los 365 días del año si por cada uno escogiéramos una causa de protesta. Si se logra distinguir que los vándalos no son sino saboteadores, esta marcha diría mucho de la adultez de la nueva sociedad colombiana, cansada de no saber quién gobierna: si un robot desprogramado o un niño con sus amiguitos pataletudos, incapaces de registrar que hay un mundo más allá de sus caprichos ideológicos; de vencer el orgullo y reconocer los errores garrafales que han cometido; de no seguir culpando al gobierno anterior por el fracaso de país que somos.

¿O no son un fracaso horripilante el bombardeo de niños, la debilidad de la justicia, el asesinato sistemático de líderes sociales y el rastro de enfermedad y analfabetismo que dejan la codicia y el robo del dinero público? Si estuviera en Colombia, no más por eso, hoy me pondría de patas en la calle.

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