Creer

Creer

Cuando alguien dice ‘creo en Dios’, lo que tal vez adora es a su yo creyente, a su yo devoto.

07 de noviembre 2018 , 11:30 p.m.

Yo desconfío de lo que creo, hasta de lo que voy a escribir aquí, y eso me alegra. ¿Qué es creer? Según el diccionario, creer es dar por cierto, suponer, tener fe, confiar. Hay que creer en algo, mandan a decir. De modo que creer, a secas, es una apuesta que hacemos para apaciguar el vértigo que produce quedarse en el vacío, ese ámbito intolerable. Creer es una decisión, nuestra voluntad es la que determina en qué creer y en qué no.

¿Con qué criterio creemos? El más básico, quizás el único, sea el miedo a vernos cara a cara con las preguntas y ninguna respuesta. Tal vez eso explique el fundamentalismo de aquellos creyentes que no toleran que nadie ose abrir la ventana de su celda estrecha pero segura. Creer (en lo que sea) es una aventura artificial; no digo que sea mala o buena, sino más bien conveniente, pues, si vivir tuviera consuelo, no habría que esforzarse por creer en nada ni en nadie.

Para el yo es necesario blindar el ‘yo creo’, pero ese yo es una creencia como cualquiera; tal parece que no hay de otra que jugar a creer para ser medianamente funcional en este mundo. Así alternamos todos los días con los miles de cuenticos plagados de creencias sobre lo terreno y ultraterreno que armamos desesperadamente, y que los más celosos dan por ciertos porque sí. El problema surge al creer en La Verdad.

Cuando alguien dice ‘creo en Dios’, lo que tal vez adora es a su yo creyente, a su yo devoto. Cree que su creencia le da verdad a Dios, creen que por creer, ese Dios es un Hecho. Parece que lo que está endiosado es la creencia misma, es a ella a la que absolutizan, no a su objeto, que de por sí no podría ni nombrarse porque excede nuestra comprensión.

“Creo en mí mismo”, dicen algunos. O sea, creen en el relato que hacen de sí mismos, en el texto que se autodedican. Pero hay otros ‘mí mismo’ ocultos y traicioneros que nos componen. Esos otros que somos y no atrapamos dan señales de vida en los sueños, en los lapsus, en los impulsos, en los pensamientos involuntarios. Lo que desconocemos de nosotros es más que lo que creemos conocer. Creer es, entonces, nuestra adivinanza más salvaje.

En cuanto a Dios (¿cuál?), los que no creemos en La Verdad no creemos tampoco en el dogma racional del ateo.

Yo sonaría más sincera diciendo, por ejemplo, ‘ni creo ni no creo en Dios’, lo cual no pretende significar que Dios no exista. ¿Cómo podría afirmarlo?

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