Mi cuerpo II

Mi cuerpo II

Nadie me obligó a ser la explotadora de mi propio cuerpo. Mi proxeneta interior ha sido un tirano.

29 de julio 2020 , 09:25 p.m.

Me surgió una analogía con respecto a cómo he administrado mi cuerpo para vendérselo a las expectativas de los demás: he tenido el mismo principio del proxeneta, ese que saca partido de cuerpos ajenos para lucrarse y al que no le importa el placer íntimo que a estos se les proporcione, sino el que puedan brindarles a quienes los miran o los compran o los usan como vía para vender otras cosas.

Nadie me obligó a ser la explotadora de mi propio cuerpo, pero me es inevitable pensar que la milenaria institución patriarcal que nos ha gobernado también ha construido el cuerpo de las mujeres, a su medida, para que los hombres se sientan poderosos y reconfortados, así como para satisfacer su ‘necesidad’ de sexo. Aunque elegí no ser madre, como hija no por completo desobediente, procuré nunca desoír su otra ordenanza. Esa fue mi ‘libre elección’.

Mi proxeneta interior ha sido un verdadero tirano. Sometió ese cuerpo ajeno (el mío) al hambre y a jornadas extenuantes de trabajo y de ejercicio físico, para lograr un resultado que nunca le satisfacía totalmente. Siempre faltaba algo para ser perfecto. Además, estaba convencido de que para cobrar dinero tenía que sacrificar el disfrute de aquel cuerpo. Gozar de la comida, del descanso o del sexo mismo no era parte del plan. Era más importante lograr el mejor efecto en las pantallas para que ese cuerpo luciera bello y así ¡ser deseado!

‘A las mujeres debe gustarles ser deseadas’, decía mi yo proxeneta, experto en repetir lemas publicitarios. Esas eran las afortunadas. En cambio, las mujeres sedientas de sexo corrían el riesgo de humillarse y verse feas.

Mi yo proxeneta se encargó de enseñarme a no mostrar mi deseo sexual por los hombres que me gustaban. Cuando caía, lo pagaba caro. Acababa sintiéndome inferior o anormal por no ser tan rápida y no tener garantizado un orgasmo, por sentir vergüenza de que el otro viera alguna vez mi cara desencajada de lujuria, o de hacer, como ellos, esos grotescos movimientos de perro arrecho. Mi yo proxeneta me aconsejaba, eso sí, complacer al cliente –que siempre era el público o mi amado– y, a este último, hacerle creer que ese cuerpo, lejano y frígido, era el feliz espejo de su victoria.

Como actriz, conseguía desafiar el dominio de mi yo proxeneta aceptando papeles de mujer mayor, destruida y desaliñada. Como ser humano, me salvaron los años y mi agotamiento.

Margarita Rosa de Francisco

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