Clarice Lispector

Clarice Lispector

Yo la leo y veo clara la “ávida materia de Dios” que es su ser.

15 de enero 2020 , 07:00 p.m.

Leo sus cuentos como si, desde una isla abandonada, viera pasar, lejos, una lujosa embarcación que deja ver a través de sus “ojos de buey” el relumbrón de una celebración hermética: el carnaval del asombro que ha producido el encuentro con una cucaracha, con un hombre, con un pedazo de alambre, con un huevo. Dentro de aquella nave luminosa, ver cada cosa en detalle es ser asaltado por la totalidad del universo; nada sobra en existencia.

Ser comprendida no es su negocio. Sin embargo, yo la leo y veo clara la “ávida materia de Dios” que es su ser, aunque no le llegue, como no le llego al misterio que hay en la mudez de un árbol o de un animal.

Molesto sus frases, las rayo. Me siento a vivir en ellas como una mula terca y fuerzo mi vulgar inteligencia para que alguna me revele lo que yo demando. Pero esos trozos de escritura son bloques o, mejor, piedras preciosas que se empeñan en resplandecer y luego caer desde lo alto de una voluntad dorada y poderosa, estrellándose contra el terreno opaco que piso y liberando millones de astillas brillantes. Entiendo que no es entenderla a ella la meta que propone la autora de tan bella colisión.

Busco a la mujer o a la deidad que causó esta terrible maravilla. La descubro sentada en la cumbre de su secreto mortal, con la mirada distante y helada

El campo reflexivo y lúdico de esta mujer es una llanura en la que ella puede correr por años, sin parar, con una libertad de escándalo. Yo voy detrás persiguiéndola, obsesionada, hasta que me detengo exhausta para verla elevarse y volar sobre su gran feudo, rozando la tierra con las alas extendidas o palpando el cielo con gracia mientras yo, sin coordenadas, la pierdo de vista porque el ave ha volado demasiado alto.

Estoy desorientada. Quiero llamarla para pedirle que me explique por qué la inocencia diabólica de la niña deshonró tan cruelmente a su maestro, y por qué el ciego del tranvía cambió la vida de una señora en un segundo. Retrocedo, lo intento de nuevo. Ella, Lispector, reaparece poseída, displicente, sin apiadarse de mí, su atónita lectora. Luego se queda quieta mientras yo sacudo el texto –que es toda ella– con una rabia infantil.

Busco a la mujer o a la deidad que causó esta terrible maravilla. La descubro sentada en la cumbre de su secreto mortal, con la mirada distante y helada. Un entrevistador le pregunta por un consejo para los nuevos escritores, y ella responde: “Que no hablen”. También dijo que se moría mientras no estaba escribiendo y que en ese momento estaba muerta. Yo le creí.

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