¡Ayúdame, Zaratustra!

¡Ayúdame, Zaratustra!

El Estado es un perro hipócrita; miente en todos los lenguajes del bien y del mal.

05 de diciembre 2018 , 06:01 p.m.

Con la mayor desfachatez y sin comillas, voy a desprender algunas frases del Zaratustra de Nietzsche, uno de mis libros favoritos, para armar mi columna de hoy. Será un plagio descarado, una colcha de sentencias extraídas de diferentes capítulos, cosidas a mi antojo (qué pena con Friedrich, pero ¡me resultan tan actuales!); ideas que, ante mi falta de sabiduría y talento para producirlas y expresarlas yo misma con tanta exactitud, tuve que robárselas a este filósofo colosal para poder insultar a los gritos, pero con la altura de un poeta de su calibre, a esas figuras de poder que el hombre ha construido y han terminado burlándose de él mismo y de sus supuestas virtudes, con las cuales pretende sacarles los ojos a sus enemigos.

No hay mayor calamidad en todo destino humano que el hecho de que los poderosos de la tierra no sean a la vez los hombres primeros y mejores. Entonces, todo se hace falso, torcido y monstruoso. Doy la espalda a los poderosos cuando veo que lo que llaman poder consiste en regatear y chalanear con la chusma. También, cuando veo que llaman Estado al más frío de los monstruos fríos, al que miente con toda la frialdad cuando dice que él es el pueblo. Pero el Estado es un perro hipócrita; miente en todos los lenguajes del bien y del mal; todo lo que dice es falso y todo lo que tiene lo ha conseguido robando. Llamo Estado a donde envenenan a todos, buenos y malos; se devoran unos a otros, y ni siquiera pueden digerirse.

¡Miren cómo trepan atropellándose entre sí, hundiéndose en el fango y las profundidades! La plaza pública está llena de bufones solemnes, y la gente se siente orgullosa de sus grandes hombres, que para ella son los señores del momento. Pero estos pobres hombres no saben lo que es la gloria; no pueden aspirar a ella porque no son capaces de desprenderse de sus honores y ejercer el difícil arte de irse a tiempo. Pero qué más es la historia del hombre sino vergüenza, vergüenza, vergüenza. Sacerdotes de la religión, del poder y la justicia, ¡qué asquerosas son sus iglesias, esos antros perfumados de empalagosos aromas!

Desconfío de los que mandan y se pasan toda la vida hablando de su justicia, que al soportar el peso de quienes obedecen, corren el peligro de ser aplastados por sus esclavos. ¡Que se los lleve el diablo! Pero ¡¿por qué nunca aparece el diablo cuando más se lo necesita?!

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