Atmósfera

Atmósfera

Vivir con aquel hombre empezaba a parecerse a morir aplastada por su monte de retórica.

11 de septiembre 2019 , 07:00 p.m.

Como él me lo había ordenado la noche anterior, me puse a tratar de organizar el caos que daba gritos en el cuarto contiguo al nuestro. Mientras clasificaba de mala gana sus camisetas talla XL por colores, texturas y olores, alcanzaba a ‘oírlo dormir’, aun a través de las puertas y paredes de concreto de la que siempre había sido su casa. Hasta las vigas del techo vibraban con el resuello de bestia hibernando que anticipaba el curso impredecible de su temperamento.

La habitación era un trastero que llevaba años sin que nadie se ocupara de revisarlo; yo había llegado a ‘su vida’ y a esa casa oscura no hacía mucho. Allí seguían, retorciéndose de frío y desidia, su ropa de invierno, sus uniformes de jugador de rugby, chaquetas de cuero, revistas pornográficas, cascos de motociclista, herramientas y armarios con los cajones abarrotados de fotos sueltas. Nunca me habría atrevido a entrar, pero esta vez, a la sombra de un monólogo sobre ‘cómo debe una mujer acompañar un hombre’, me vi ahí, fuera de mi piel, tocando el desastre con mis propias manos. (Tanto me aterra esa idea horrible de tener un alma que algo me alivió confundirme en la inercia e impavidez de aquellos objetos abandonados.) Nuestras noches pasaban ante nosotros como gatos lánguidos, hartas de oír las interminables diatribas que él lanzaba contra los “incapaces de amar”, grupo en el que empezó a incluirme cuando le dije que no quería tener hijos.

Cada apnea en el ritmo de la respiración de este hombre que roncaba como un cíclope en su caverna terminaba de congelar el poco aire que circulaba en su casa de ventanas cerradas. En ese mismo espasmo del tiempo que parecía paralizar el mundo, yo detenía mi diligencia conteniendo el aliento entre sus cosas también desalmadas, esperando que gruñera o se diera la vuelta y cayera con todo el peso de sus huesos sobre el lado derecho de la cama, haciendo estruendo como una gran montaña que se derrumbaba.

En la manera de tocar algo que le pertenece a otro puede estar la respuesta de los que se preguntan por la identidad, la intensidad, la cantidad o la forma del amor y el desamor. Vivir con aquel hombre, ese gigante que resoplaba como un enorme barco de vapor en el cuarto de al lado, empezaba a parecerse a morir aplastada por su monte de retórica y trebejos intocables. Cómo deseé que nunca se hubiera despertado.

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